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lunes, 18 de junio de 2012

Buenos Aires, tierra de teatro

Aunque los números no cierren y en el camino haya que dejarse la vida, el teatro independiente porteño sigue en carrera y mostrando además una calidad extraordinaria.

Las obras de teatro independiente no son productos que puedan venderse de antemano, ni resumirse en un trailer vertiginoso o un par de diálogos publicitarios. El deleite que provocan es más… sutil. Más complicado. Porque no se trata de puestas “divertidas”, o de textos con ideas facilongas para que la gente se vuelva a casa feliz y con las expectativas colmadas. Sin embargo, contra toda regla del marketing, en Buenos Aires las obras de teatro independiente se multiplican, y el público las acompaña, y la crítica las celebra, quizás justamente porque ese placer sutil –el que arranca por ingresar a una sala pequeña, obligarse a comprender otros lenguajes y quedarse, al final, con la cabeza llena de preguntas- constituye el acceso a un tipo de sensaciones tan sublimes como auténticas.

A principios de 2002, cuando los medios del mundo relataban cómo la Argentina se caía a pedazos, algunos corresponsales fueron suspicaces como para notar otro fenómeno más allá de los cacerolazos: el de una cartelera teatral que se mostraba más viva que nunca. Aun entonces se exhibían en Buenos Aires más espectáculos que en muchas ciudades del Primer Mundo, y ni hablar si los datos se cruzaban con los de países vecinos.

Hoy, lejos de decaer, la movida del off porteño se mantiene de lo más burbujeante: sólo en una semana se exhiben en la ciudad unas 700 obras, y lo mejor es que no se trata de un boom ni de una moda, sino de un fenómeno sostenido y de largo aliento. Porque en Buenos Aires hay teatro en la calle Corrientes, pero también en las salas mínimas, en las plazas, en las cárceles y en los garajes, en los colegios y hasta en las casas.  

Para comprender este hecho es preciso trazar una división: la que existe entre los circuitos comercial, oficial e independiente, ya que éste último es el que se ha caracterizado por dar batalla más allá de todo contexto. Ésa es la diferencia clave que el off muestra con respecto al teatro comercial, que para llenar las salas suele tener que apostar a estrellitas o fórmulas ya probadas. El teatro independiente, en cambio, puede permitirse otra clase de búsqueda, aunque para eso tenga que dejar el alma.

Soy actor, quiero actuar
En general las puestas del under tienen un año de preparación, y durante los tiempos de ensayo ninguno de los actores cobra un peso. Según cuentan los directores, organizar las producciones es un verdadero parto, ya que los integrantes del elenco tienen además sus respectivos trabajos (algunas veces en oficinas, otras haciendo publicidades), con lo cual los horarios se vuelven realmente difíciles de combinar.

Si bien es cierto que gran parte de las obras obtiene un subsidio (que se tramita a través del Instituto Nacional del Teatro, que depende de Cultura de la Nación, y Proteatro, en la Ciudad de Buenos Aires), estas cifras con suerte alcanzan para pagar la sala y la escenografía. El resto de la compañía trabaja en cooperativa y divide el ingreso que entra por boletería tras cada función. En la mayoría de los proyectos la inversión inicial parte de los propios actores, directores, escenógrafos, iluminadores y músicos, que participan del proceso creativo en forma gratuita o recibiendo montos de dinero ínfimos.

Lo que resulta fascinante es cómo, más allá de estos precarios procesos de producción, la escena del off porteño alcanza una calidad que sorprende a locales y extranjeros y triunfa en festivales internacionales, prestigiando así a todo el teatro argentino.

“Los sinónimos como ‘off’ o ‘under’ hablan justamente de una escisión respecto de un lenguaje instituido”, explica Guillermo Cacace, director de las premiadas Sangra y Stéfano. “Por eso el independiente es un teatro que merece un gran cuidado, porque tiene que ver con el deseo del artista por fuera de los límites que le puede imponer un sistema. El teatro independiente ha hecho por el movimiento teatral de Buenos Aires lo que ningún otro sector, porque es semillero de talentos y el lugar donde nacen los lenguajes. Pero ya lo decía Peter Brook: un teatro de riesgo no puede depender de la boletería”.

Javier Acuña, actor y director de Alternativa Teatral, sostiene que “el teatro independiente ocupa un lugar de prestigio, aunque hoy por hoy muchos de sus integrantes quieren pasar al circuito comercial. Quizás después vuelven a hacer teatro independiente para ‘redimirse’, pero es un ámbito en el que todo se hace más difícil y del que, efectivamente, es imposible vivir”, reconoce. “Mike Amigorena es un buen ejemplo de a lo que alguien del off aspiraría”, advierte. “Ya era conocido en ese circuito a la par que hacía algunos papeles en televisión, hasta que le llegó la oportunidad de protagonizar Los exitosos Pells. Ésa es la fantasía de muchos actores”.

Under… pressure
El teatro argentino siempre se caracterizó por ser vanguardia, un espacio en el que circula el pensamiento de cambio”, marca Lorenzo Quinteros. “Pero en un ámbito como este nada asegura que una obra va a andar bien de público, y eso no quiere decir que sea un fracaso. Por eso hay que subsidiar el teatro correctamente –explica-. Para que tenga nivel, y no solamente para que no se asfixie”.

“Con respecto a las condiciones económicas en las que producimos en Buenos Aires: son malas, claro”, asegura el director Ariel Farace. “Pero personalmente –agrega- no creo interesante el discurso que el dinero genera a su alrededor. Yo hago teatro porque quiero, y hago una obra en las condiciones en las que la hago porque lo elijo. Si no me quedo en mi casa leyendo. No es serio, como artista, quedar preso de limitaciones que terminan debilitando la posibilidad de asumir riesgos en la creación. Por eso en este panorama sobresalen las búsquedas apasionadas y sinceras, esas que lejos de las variantes económicas logran marcar una diferencia”.

Ahora bien, ¿por qué es que hay tanto teatro en la ciudad? Definitivamente las corrientes migratorias españolas, italianas y judías que llegaron trayendo su tradición teatral tuvieron una incidencia fundamental, aunque tampoco acaban de explicarlo del todo. “No sabría decir con exactitud en dónde está el origen de tanta movida”, arremete Acuña. “Quizás es que haya muchas escuelas de arte dramático que promueven el hecho de ‘hacer’, y por eso proliferan tantas obras. Pero tiene que haber algo más. Ricardo Bartís decía que el actor es un ser que necesariamente está en contacto con otro tipo de pulsión, algo que únicamente le ocurre cuando está actuando. Tal vez tenga que ver con eso”.

Los datos, en todo caso, siguen confirmando que Buenos Aires es una de las ciudades más creativas estéticamente y de mayor nivel de producción, incluso entre otras capitales que desde hace muchos más años juegan en la primera teatral.

“Mi maestra fue Alejandra Boero –cuenta Claudio Tolcachir-, ella fundó ocho teatros y siempre que tuvo dos mangos de más, lo primero que hizo fue abrir una sala”, recuerda el creador de Timbre 4. “Es difícil hacer cine con pocos recursos –dice- pero hay teatro que uno hace por uno, porque quiere, aunque sea con dos palitos, una silla y cinco personas mirando. Con eso ya se produce el fenómeno teatral y así sobrevivió el teatro independiente, aun con dictadura y aun con crisis, porque tiene esa escapatoria: lo hago y no tengo que pedirle permiso a nadie, tan simple como eso. Invito a quince personas a mi casa y hago teatro”. 

domingo, 10 de junio de 2012

Poderoso el chiquitín

Con su espíritu universal y su sonrisa eterna, los Playmobil llevan casi cuatro décadas encantando a los niños del mundo. 

1974, Alemania. Una empresa familiar, la Geobra Brandstätter, se dedicaba a producir juguetes y había alcanzado ya cierta notoriedad de la mano de esa bomba de relojería que fue el “hula-hula”. Pero la crisis del petróleo apretaba duro, y con ella la necesidad de crear productos que emplearan menos plástico en su fabricación. Por eso la compañía le encargó a su diseñador, el ingeniero Hans Beck, que se inventara algún chichecito pequeño y simple, cosa que implicara cierto ahorro de material.   

Beck (quien murió el 30 de enero de 2009 a los 80 años) puso manos a la obra. Basándose un poco en los garabatos que suelen dibujar los chicos (con ojos, boca y rasgos súper simples, pero sin nariz) tuvo la idea de concebir un muñeco de apenas 7,5 centímetros de alto que cualquiera hubiera podido meterse en el bolsillo. Nadie -ni siquiera él mismo- pensó entonces que el prototipo abriría una página clave en la historia del juguete, ya que en esos planos preliminares nacía nada menos que el primer Playmobil, un entretenimiento que según el propio Beck "no impone pautas específicas de juego", por lo cual "estimula la imaginación".

El secreto de mi éxito
En la Argentina los Playmobil empezaron a comercializarse en el ’76 a través de la empresa Antex. Su dueño, Antonio Atamian, recuerda que al principio los distribuidores no creían en el producto, porque pensaban que los chicos, (sobre todo los varones) “jamás querrían jugar con muñequitos”. “Todavía no existía el concepto de muñecos para nenes y había dudas, pero los mismos comerciantes nos dieron la confianza y al final, un poco a través del boca a boca y otro por la espectacularidad de las vidrieras, terminaron siendo un éxito”. 

“El Playmobil es uno de los juguetes más mixtos que existen y tiene una calidad extraordinaria. El plástico brillante con el que se fabrica es el mismo que se usa para fabricar los teléfonos”, precisa Atamian. “Además hay un tema de escala. El hecho de que sean tan pequeños hace que manteniendo la proporción se puedan diseñar grandes escenarios, como barcos y fuertes, que siguen adaptándose perfectamente al tamaño de los chicos”.

El caso es que muchos de esos niños que en los ’70 se deslumbraron por primera vez con los Playmobil se convirtieron más tarde en fanáticos coleccionistas que, más o menos organizados, mantienen hoy su afición. Algunos simplemente se dedican a acumular ejemplares y accesorios, otros prefieren “tunearlos” (modificar sus piezas) y también están los que arman complejas maquetas o dioramas que pueden recrear distintas temáticas o momentos de la historia.

“La mayoría de los coleccionistas tienen algún tema preferido, como el lejano oeste, el medioevo, los piratas, o la construcción”, cuenta un fan de Playmobil. “En general se juntan personas con temas en común, y así cada uno aporta lo suyo para armar los diferentes dioramas, que se planean con varios meses de anticipación y casi siempre para exposiciones. En España, por ejemplo, son muy comunes los pesebres de Playmobil que se arman para las fiestas de fin de año”. En estas muestras pueden verse escenas con Playmobil que ocupan desde la superficie de una baldosa hasta varios metros cuadrados, pero siempre llenos de detalles.

El principal mérito de Playmobil pareciera ser el hecho de que nunca pasa de moda, tal vez porque al poder inventar distintos escenarios quien está jugando difícilmente alcance a aburrirse. Incluso es uno de los pocos juguetes que quedan con el que jugaban los padres de los chicos que hoy siguen eligiéndolos, con lo cual se venden como muñecos y también como “emociones” para tantos treintañeros nostálgicos. Después de todo, ¿quién no jugó alguna vez con un Playmobil?

Más datos:

  • Los tres primeros Playmobil fueron un caballero medieval, un obrero y un indio. Actualmente hay unos 3.000 ítems, y se estima que desde 1974 se han vendido más de 2.200 millones de muñecos. El primer personaje femenino apareció en 1976, y los primeros niños en 1981.

  • Al comienzo su apariencia resultaba un poco más tosca que la actual, ya que tanto las piernas como los brazos eran estáticos. Pero con el tiempo los Playmobil se han ido modificando: los brazos giran y las muñecas no sólo visten minifaldas, sino también pantalones. Sin embargo los rasgos más característicos, como los ojos redondos y la sonrisa, han permanecido intactos.

  • El mayor grupo de aficionados de habla hispana se encuentra en www.playclicks.com, una comunidad sin ánimo de lucro formada por fanáticos de todo el mundo.

  • Uno de los modelos más vendidos en la Argentina fue la nave espacial llamada “Playmo Space”, que en su momento causó un verdadero furor. También tuvieron gran éxito otros modelos como el barco pirata, el fuerte, el plato volador, el auto de bomberos y la ambulancia. En total se vendieron hasta hoy en la Argentina 60 millones de muñecos.

domingo, 3 de junio de 2012

Los “no lugares” de la gastronomía

A pesar de su atmósfera artificial, los patios de comidas son visitados por miles de comensales atraídos por su practicidad.

Los patios de comidas se cuentan entre "lo menos" de la gastronomía, algo que tampoco es casual: estamos hablando de espacios ruidosos donde gran parte de los alimentos lucen plásticos y la iluminación es excesiva. Pero entonces ¿por qué seguimos eligiendo los patios de comidas? En parte porque al mismo tiempo resultan bastante prácticos: en general no presentan sorpresas, son relativamente baratos, fáciles para decidir qué comer y -lo que es aún más importante- están siempre a un paso de donde uno suele ir de shopping, o al cine, o a un parque temático, o a tomar un avión, o a trabajar en un complejo de oficinas. Es que los patios de comidas -como todos los “no lugares”- se vinculan necesariamente a algún tipo de transacción. 

El patio de comidas del Unicenter tiene capacidad para 1.800 personas. El del DOT, para 1.400, el del Abasto 1.200 y el Patio Bullrich, 800. Pero más allá de las sutiles diferencias, lo que llama la atención es el parecido que estos megacomedores tienen entre sí, siempre con su diseño panóptico, sus similares marcas (que supuestamente representan gastronomías de distintos países) y hasta el mismo olor en casi todos lados. Incluso los precios son semejantes sin importar el barrio: un menú con carne o pollo más guarnición y bebida puede costar 45 pesos, mientras que uno de pasta o ensalada con pan y gaseosa ronda los 38.

Más que a los restaurantes, los patios de comidas podrían asimilarse a los supermercados, donde todo lo que se vende está estudiadamente expuesto: un paraíso de contacto directo con la mercadería. “El shopping realiza de manera perfecta lo que manda la mercancía”, escribe Beatriz Sarlo en el libro La ciudad vista. “Exhibe la regularidad de su valor medido en dinero, de manera abstracta y con una tendencia irrefrenable a presentarse como universal. Por eso los shoppings pueden ser recorridos sin que se los conozca. No necesitan ser familiares, porque no ofrecen nada diferente a lo que ya se sabe por experiencias anteriores. No se puede descubrir un shopping, sino que su cualidad es precisamente la opuesta: negarse a todo descubrimiento, porque tal actividad significaría una pérdida de tiempo y una falla de funcionamiento”.

Por eso en el patio de comidas nada es casual. Tanto su orden como su claridad, su limpieza y su seguridad funcionan de acuerdo a sus fines. Cada centímetro está organizado racionalmente, y no se admite nada que se desvíe de esa racionalidad. Un usuario de un patio de comidas podría transformarse sin dificultades en usuario de otro, incluso aunque se encuentre en otra ciudad. Es que las señales son tan legibles, tan obvias, que entenderlas no presenta ningún tipo de problemas.

En Estados Unidos los patios de comidas se conocen como “food courts” y fue en 1974 cuando el primero de ellos saltó a la fama gracias a su sus abultadas ventas en el shopping “Paramus”, de New Jersey. En Perú estos espacios se llaman “plazas de comidas” y en Venezuela llevan el curioso nombre de “feria de la comida”. Así y todo, el récord en materia se lo llevan Singapur, Malasia y Tailandia, donde los patios de comidas son tremendamente populares.

¿Quiénes visitan los patios de comidas? Principalmente, los adolescentes y las personas mayores. Los primeros, quizás, porque no tienen el recuerdo de otras costumbres ni otras experiencias más queridas que añorar. En cuanto a los mayores, a ciencia cierta no lo sabemos, pero se nos ocurre que tal vez su inclinación tenga que ver con la facilidad que el patio de comidas les ofrece en términos de acceso en un mundo que demasiadas veces les da la espalda. 

La mayoría de los patios de comidas funcionan de 10 a 24 los días de semana y hasta las 2 de la mañana los fines de semana: 16 horas ininterrumpidas despachando mercadería. En general ofrecen poca variedad de platos –lo que baja notablemente sus costos- y, como suelen contratar empleados que hacen una sola cosa, pueden pagarles poco y reemplazarlos con rapidez cuando al cabo de un tiempo se terminan cansando. Es poderosa la industria de los patios de comidas. Y también nos brinda la ilusión de una multiplicidad de opciones, cuando las compañías involucradas son en realidad unas pocas.

Por eso la mirada de Sarlo sobre los shoppings aplica perfectamente a los patios de comidas, máxime en el pasaje donde la ensayista señala que “la mayoría de los habitantes de la ciudad encuentran en el mercado lo que creen desear libremente cuando una alternativa no se les presenta ante los ojos, o les resulta desconocida y probablemente hostil a lo que han aprendido en la cultura más persuasiva de las últimas décadas: la de los consumidores”.

¿Qué son los “no lugares”?
El concepto de “no lugares” fue acuñado por Mar Augé, un antropólogo francés que se ocupó de estudiar esos sitios donde no hay identidad ni vínculos directos entre el que los ocupa y el lugar, como por ejemplo shoppings, aeropuertos, autopistas, etc. En general son espacios necesarios para la circulación acelerada de personas y bienes. “El no lugar es lo contrario de un domicilio, una residencia, de un lugar en el sentido corriente del término. Solo, pero semejante a los demás, el usuario del no lugar mantiene con éste una relación contractual simbolizada por el billete de tren o avión, la tarjeta para el peaje, etc. En estos lugares se conquista el anonimato si se provee la prueba de la identidad personal: pasaporte, tarjeta de crédito, cheque o todo otro permiso que autorice a su acceso”, explica la contratapa de Los “no lugares”, espacios de anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, escrito por Augé y editado por Gedisa.

viernes, 11 de mayo de 2012

Estudiantes, a comer

Los bares universitarios pueden ser ideales para almorzar a buen precio en medio de un entorno joven y chispeante.

Marzo trajo consigo un montón de cosas buenas, como el regreso del apacible otoño, el fin de la estúpida alegría veraniega, los nueve recitales de Waters y la vuelta a las aulas de los estudiantes, lo que no puede ser más que positivo teniendo en cuenta que lo que vuelve a ponerse en marcha es la rueda del conocimiento. Ahora, ¿cómo tomar contacto con esta fiesta del saber si uno no cursa ninguna carrera? La respuesta es simple: en los bares universitarios, esos lugares donde todo el mundo lee, subraya, fuma, conversa y bebe café. Además estos establecimientos suelen ser bastante baratos (se supone que los estudiantes nunca tienen dinero) y están abiertos a cualquiera que se acerque, sin que haya que exhibir ningún carnet.

Córdoba y Junín: la Recoleta universitaria
Si bien varios bares de la zona llevan nombres de lo más académicos (como “La Cátedra”, “Café de la Facu” o “Café de las Ciencias”), en cualquiera de ellos el café está a precio Palermo y el menú mediodía no baja de los $42, un poco mucho para los bolsillos flacos de un universitario promedio. Por eso tal vez lo mejor sea entrar a la Facultad de Económicas (Córdoba 2122) y dirigirse ahí mismo en la planta baja hasta la rotonda, donde un local llamado “Eco Gourmet” ofrece una milanesa con guarnición por $16 y mate con bizcochos a $13, todo en un ambiente rústico de paredes naranjas y mesas de madera cuarteada.

Menú psicológico
La situación es parecida en la Facultad de Psicología de Hipólito Yrigoyen 3242, a pocas cuadras de la Plaza Miserere. “Los bares de adentro de la facu están manejados por el centro de estudiantes, por lo cual tienen precios muuuuy baratos: podés desayunar un té con dos facturas por 3 módicos pesos, o almorzar un pan relleno y un agua por 10”, cuenta Laila Litvin, que con sus 24 años está recién recibida de esa casa de estudios. “Además –agrega- suelen traer muchas cosas de panadería elaboradas por el proyecto ‘Pan del borda’, hay tartas, empanadas, medialunas con jamón y queso, pebetes, etc. El café es bastante asqueroso, pero a veces hasta te prestan el equipo de mate. Y siempre hay gente, mucha gente, incluso algún peatón que vio luz y entró sin cursar en la facultad”.

Constitución o Barbarie
Como se sabe, la Facultad de Ciencias Sociales está en pleno proceso de contar por fin con su mentado “edificio único” en el barrio de Constitución (Santiago del Estero y Carlos Calvo). “La sede de Consti es relativamente nueva, recién el año pasado se sumaron las carreras de Ciencia Política y Comunicación, antes solamente estaba Trabajo Social. El barcito actual carece de identidad propia, las sillas y mesas son de plástico y están desparramadas por el hall como en un buffet de un club de tenis. No sugiere otra cosa que no sea la idea de tránsito”, explica Pato Foglia, hasta hace poco estudiante de Políticas.

“Pero lo que no puedo dejar de mencionar acá es la historia de otro barcito: uno que se llamaba ‘La Barbarie’ y quedaba en la anterior sede de la calle Ramos Mejía, donde siempre había comida rica y muy barata. Los platos del día no pasaban de los $5 y los parroquianos típicos iban desde rotos totales hasta perdidos que naufragaban hasta el bar, pasando por los militantes troskos y peronistas y hasta famosos: Mike Amigorena vivía al lado de la sede y alguna vez se pasó por ahí, otro habitué era Washington Cucurto. La Barbarie tenía el encanto de un hermoso ecosistema lumpen. Todo estudiante se escapó alguna vez de una clase para ir al bar y meterse en una discusión sobre el peronismo de los 70 o la Revolución Cubana, el tema importaba menos que la ductilidad verbal que exigía, una verdadero gym retórico. Además, si la charla seguía, entonces las birras también”, recuerda Pato. 

Una vez que el CBC de Bulnes de mudó a Ramos, las nuevas autoridades desalojaron a La Barbarie, cuyos mentores continuaron así y todo dando pelea por resistir con su bar. “Se trata de un comedor que fue ganado por estudiantes en lucha ante la ausencia de comedores populares que la universidad estatal debería proveer", señalaron los estudiantes en su momento a través de un comunicado.

Arquitectura gourmet
No es posible seguir este recorrido sin asignar unas líneas al proyecto edilicio más importante realizado en la UBA: la Ciudad Universitaria, que comenzó a construirse en 1958. “No hay mucho que decir sobre el ‘bar’ de la FADU, (Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo), más bien deja bastante que desear. Queda en el patio central del edificio, (tercer pabellón), y es en estos términos espaciales donde obtiene su mayor ventaja, ya que goza de un provechoso lugar para desarrollar sus actividades, sumado a que se encuentra en un espacio de triple altura, (el primero y el segundo piso balconean hacia él), coronado por un techo de lucarnas que le da cierto atractivo”, revela Francisco Pignataro, quien cursa Arquitectura desde 2006.

“Aun así, a causa de la profusa cantidad de afiches políticos y el deteriorado aspecto del mobiliario, junto con una sensación lúgubre por la ausencia de una correcta iluminación, hacen de este lugar un espacio poco feliz. De hecho creo que, de no ser por encontrarse en el acceso principal, nadie evaluaría sentarse en una de sus sillas. Los precios y la calidad de sus productos tampoco ayudan. Por suerte se reabrió el histórico ‘Bar de Estudiantes’, en el ala norte de la facultad, con pintorescas visuales hacia el Río de la Plata. Los precios son accesibles y se ofrece también una variedad interesante de facturas, junto con un café aceptable”, observa.

Mi mundo privado
¿Y qué hay de las instituciones educativas privadas? Allí también hay de todo, desde el modesto “bar del quinto piso” de la Universidad Austral hasta el café top de la sede Punta Chica de San Andrés, que con su vista hacia el fabuloso campus casi parece el desayunador de un hotel cinco estrellas. Eso sí: lo que antes aparecía abierto a todo público ahora dejó de serlo, ya que en la mayoría de las entradas de estos edificios han puesto molinetes. “Me acuerdo que hasta no hace muchos años trabajaba en una oficina en Chile y Carlos Pellegrini, y de ahí solíamos salir a almorzar al bar de la UADE: la comida era fresca, el ambiente amable y los precios convenientes”, recuerda Valeria. Y completa: “un mes atrás andaba por la zona y quise volver… pero cuando vi los molinetes, me eché atrás”. Una pena, teniendo en cuenta la apertura que en general se supone debería tener un ámbito académico. Una pena y una razón más para apostar por la educación pública.

Políglotas del mundo, uníos
La idea de parar a almorzar en un bar de estudiantes no tiene por qué reducirse a las universidades. La sede central de la Alianza Francesa de Buenos Aires (Córdoba 946) esconde en su primer piso un restaurant y café que es un verdadero tesoro. “Le Bistrot” (así se llama) ocupa un pequeño espacio con un vitral espléndido y ofrece buenos platos para el mediodía y una amplia oferta de pastelería francesa a precios más que razonables. Para entrar no hace falta ser estudiante ni miembro: nadie pregunta nada a quien directamente suba la escalera caracol de la derecha y, llegado el caso, diga sin rodeos: “voy al bar”. Otro ejemplo es el de la sede de Virrey del Pino 2750 del Centro Universitario de Idiomas, más conocido como “CUI”. Ahí se enseña una veintena de lenguas en cursos regulares e intensivos, y para descansar en los recreos los alumnos disponen de un bar con una terraza al aire libre que, sin ser nada del otro mundo, en verano se presta perfecta para tomar algo y socializar con los compañeros.


Esta nota fue publicada en la revista Playboy

viernes, 4 de mayo de 2012

Del tacho a la mesa

Saturada de grasa, azúcar y significado, la comida chatarra se ha vuelto la gastronomía insignia de la calle. 

El mundillo gourmet propone hoy tantas cocinas que apenas si se pueden contar: está la japonesa, la uruguaya, cantonesa, “de autor”, fusión, cruda, orgánica, vegana, marroquí, judeoparaguaya, de todo, cualquier cosa. Y entre toda esa maraña de opciones aparece ella, la comida chatarra, ésa que llega a las mesas por la ruta de una industria gigantesca y desprovista de todo tipo de glamour. También conocida como “comida basura”, la chatarra es denostada por un amplio arco de nutricionistas por dos razones: una, su total carencia de micronutrientes; dos, sus altísimos niveles de grasas, sal y azúcares, amén de numerosos aditivos entre los que se cuentan estabilizantes, potenciadores del sabor y colorantes. Habitualmente asociados al fast food, estos alimentos ultraprocesados se comen casi siempre al paso y sin cubiertos, aunque lo que mejor los define no radica tanto en su apariencia, ni en su consumo, ni en el gusto: antes que nada -y por su enorme rentabilidad- lo que la comida chatarra representa es un gran gran negocio.

Paty: ya no te quiero
Si de chatarra hablamos el paty ocupa el lugar del rey del basural, un puñado de carne y otros ingredientes artificiales aglutinados en un disco algo gomoso que en el súper se vende supercongelado a unos $5 por unidad. Casi ni vale la pena aclarar que los restaurantes gourmet NO preparan patys en ninguna de sus variantes, sino que éstos se consiguen en los locales y puestos de comida al paso concentrados cerca de terminales ferroviarias, zonas fabriles o paradas de colectivos.

Iluminados por luces de tubo, recubiertos de azulejos blancos y provistos de unas simples sillas de caño y mesas de fórmica, estos establecimientos suelen tener los patys precocidos y apilados sobre la parrilla como para poder, llegado el momento, despacharlos con relativa velocidad. Según el acompañamiento –lechuga, tomate, jamón, queso- el precio suele rondar los 15 pesos, aunque el resultado suele ser bastante triste: carne desabrida, verdura vieja y un pan que deja mucho que desear. Acompañado por un cono de papas fritas, el combo provoca la suficiente sed como para beberse luego un tanque de coca cola, lo que sumado puede rezumar en un total de unas 1.500 calorías y 20 gramos de grasa saturada, un cóctel letal para las arterias que cualquier nutricionista recomendaría evitar.

Por esas vueltas del mercado el consumo de chatarra no para de crecer, generando a sus fabricantes unas ganancias fabulosas y a la población un problema sanitario serio. De hecho esta generación de jóvenes será la primera en la historia que podría ser enterrada por sus padres por causas vinculadas a la obesidad. Así y todo, muy pocas alarmas suenan. Si hasta una conocida cadena de hamburgueserías inventó un payasito para poder venderles la chatarra a los niños.

Hay panchos y panchos
Para las personas que tienen que pasar mucho tiempo en la calle y cuentan con poco dinero, el pancho viene a ser la panacea. Hay quienes aseguran que el más rico de la ciudad se come en Pancho 46, y en ese tren abonan la teoría con cientos de mitos: desde que al local concurren las minas más lindas de Buenos Aires hasta que al agua de las salchichas le echan kétchup, cubitos knorr o gancia.

El caso es que el local –que funciona desde 1969 en la esquina de Constituyentes y Arturo Illia, en San Martín- comenzó a gestar su fama en los primeros tiempos de Videomatch, cuando en sus instalaciones se filmaba el sketch “Diego el panchero”, en el que un empleado se equivocaba cada vez que un cliente le pedía que le pusieran mostaza o mayonesa al pancho. Desde entonces la presencia de famosos ha venido in crescendo, así como también la de fierreros y vedettes. De todas formas al pancho –que se vende a 8 pesos- no le sobra nada. Para empezar, es bastante pequeño (los hombres se los comen de a cuatro o incluso seis), pero además la gente de Pancho 46 sostiene un curioso concepto de lo que significa “completo”, esto es: apenas salsa golf y mayonesa. “¿Nada más?”, pregunta la cronista frente al panchito con una mueca de decepción. “¿Ni cebolla, ni papas?”, insiste, a lo que recibe como respuesta un lacónico: “No trabajamos papas”.

¿El pancho es chatarra? Sí, por supuesto. Pero así y todo hay panchos y panchos. Por ejemplo en Panchos del Sol (una panchería que funciona al fondo de una galería ubicada en Florida 860, Microcentro) venden un pancho delicioso, con una salchicha tipo alemana (cuya piel es más durita: hasta ofrece cierta resistencia al morderse) y un pan algo dulzón (quizás más parecido al pebete) que realmente hacen la diferencia.

Tampoco la pavada
En el libro Con los perdedores del mejor de los mundos, Günter Wallraff relata cómo los empleados de la cadena Starbucks son obligados a sonreír a los clientes que ingresan a la cafetería. Así -según cuenta el periodista- los locales son sujetos a inspecciones periódicas encubiertas que entre otros aspectos evalúan cuánto tarda cada cajero en extender una amplia sonrisa al siguiente comprador en la fila. Lejos de ponderar esta pesadilla orwelliana, tampoco está tan mal pretender una cuota de buena onda al comprar un alimento, ya se trate de un café, una factura o una pizza.

El caso de Ugi’s, sin ir más lejos, resulta emblemático por la desidia con la que el establecimiento trata a sus clientes, ofreciéndoles un espacio mugriento, platos de plástico no descartables, el orégano en una botellita de gatorade agujereada, los cubiertos en un tupper manoseado, apenas dos variedades de gaseosa y otras dos de pizza que, si bien al primer bocado sabe más o menos decente, al enfriarse se vuelve tan horrible que casi deja de ser apta para el consumo humano. Ahora bien, al precio no hay con qué darle: 20 pesos la grande de muzzarella y apenas 5 el cuarto. Se trata de un alimento que se consume exclusivamente por hambre y ahorro. Y de una empresa que, bien por lo bajo, pareciera insinuarnos: “Si no tenés plata, entonces comé y callate. Porque no vas a recibir ni un solo gramo de calidad”.  

Ricos flacos, gordos pobres
La chatarra, así de mala como es, sigue igual extendiéndose cual mancha de petróleo. Por ejemplo: está la chatarra dulce, corporizada en esos enormes helados de máquina batidos junto a golosinas trituradas y bautizados con nombres del tipo “smulrf”; y también la chatarra que llegó a los hogares en forma de patitas, merlucitas, snacks, galletas y jugos supuestamente “naturales” que –lo sabemos- nunca lo son.

Las grandes corporaciones de la comida chatarra se defienden diciendo que los hábitos de alimentación y el ejercicio son responsabilidad personal, al tiempo que gastan millones en publicidad y trucos para inducir a los consumidores (y sobre todo a los chicos) a comprar productos que dañan su salud. Y si bien pareciera que la creciente oferta tiene que ver con la practicidad, o con el poco tiempo que hoy tienen las mujeres para dedicarle a la cocina, en realidad todas estas comidas son diseñadas más para la conveniencia de la industria que para la de los consumidores.

Según Patricia Aguirre, antropóloga de y autora del libro Ricos flacos y gordos pobres, en la Argentina de 1965 pobres y ricos comían parecido. “Los sectores de menores ingresos consumían el cuarto delantero, mientras que el cuarto trasero formaba parte de las mesas de los sectores medios y altos. También lácteos y frutas presentaban un mayor consumo a medida que aumenta el ingreso, pero la cantidad era similar y pobres y ricos tenían acceso a micronutrientes. En aquel año había un patrón único que cortaba transversalmente la estructura de ingresos, lo que no habla solamente de la comida, sino también de la sociedad que la consumía”, explica.  

“En 1985, cuando el Indec efectuó una encuesta similar, ya había enormes tensiones, y en 1996 los datos muestran que esa estructura social se rompió. Entonces, como ahora, hay comida de pobre, con menos carne y menos verdura. Ya en ese año se registran carencias múltiples: de vitaminas, de calcio, de hierro. Y esto corresponde a cambios en la distribución del ingreso: en 1965, la Argentina era un país de alimentos baratos e ingresos medios; ahora es un país de ingresos bajos para muchos sectores, con alimentos relativamente caros. La gente no come lo que quiere, ni lo que sabe, sino lo que puede”. El resultado es lo que se conoce como “gordura de la escasez” y, si bien suele achacarse a la responsabilidad individual, en realidad se trata de un problema social.

La chatarra, si se consume cada tanto, puede ser salvadora, simpática y en ocasiones hasta sabrosa. Pero si se vuelve hábito se convierte en un problema. Sin la necesidad de volverse radical, todavía queda la opción de reflexionar, mirar etiquetas y comparar calidades y precios. Por lo menos, para que la comodidad no nos deje anestesiados como consumidores. 


Este artículo fue publicado en la revista Playboy