sábado, 13 de junio de 2026

Instrucciones para conseguir una plaza


Escribí esta nota a mitad de año de 2023, el medio en el que se publicó ya no existe. La cuelgo acá porque cuenta una historia que merece ser registrada, y puede servir además como inspiración para todos esos colectivos que, mientras trabajan para que sus barrios puedan disponer de un cuadrado de tierra con árboles y pasto, saben bien que la única forma de conseguirlo es con organización y lucha. La plaza de Villa Santa Rita se inauguró finalmente en abril de 2025, y ahí está: viva, activa, soleada y convocante. Si ahí seguirá por muchas vidas es gracias a la articulación vecinal. 

El barrio porteño de Villa Santa Rita tendrá por fin su primer y único, pequeño y tan anhelado espacio público verde. Pero el logro no fue casualidad: se explica por la organización, la inteligencia y la persistencia de un puñado de vecinos decididos a cargarse al hombro un reclamo de más de 40 años.

Resulta extraño, pero es real. Villa Santa Rita –el barrio de la comuna 11 delimitado por Álvarez Jonte, Condarco, Gaona, Joaquín V. González y Miranda– es el único en toda Buenos Aires que no tiene un solo espacio verde. Ni una plaza, mucho menos un parque. La razón de fondo se desconoce, aunque según un mapa de 1839 el loteo inicial sí contemplaba una plaza que jamás se hizo. El clamor para reparar esa falta sonó fuerte cuando en los ’80 se liberó el predio que ocupaba la fábrica de cigarrillos Particulares (una manzana entera en Terrada y Beláustegui), y entonces se alzaron petitorios y reclamos, pero como es de público conocimiento el proyecto terminó quedando en torres.

La vieja aspiración está ahora a punto de volverse realidad. Porque el 23 de marzo pasado la Legislatura porteña aprobó por unanimidad que se expropie un terreno de 1.600 metros cuadrados sobre Jonte entre Cuenca y Granville. Y hasta los medios nacionales se hicieron eco de la buena nueva, todo mientras los vecinos celebraban con un grito casi ahogado. Un poco porque tras la sostenida y sacrificada militancia de un puñado de ellos el reclamo llegaba, por fin, a buen puerto; aunque también por el significado que la victoria envuelve para cada una de las batallas que por la escasez de espacios verdes se libran hoy en la ciudad.

Resulta, en efecto, muy poco común que el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta haya decidido transformar un espacio privado en otro público. Porque la tendencia en los últimos años, exceptuando algún caso puntual por la traza del subte, ha sido más bien la contraria. Tal como lo cuenta en este hilo la ingeniera y fundadora de la ONG “El Movimiento” María Eva Koutsovitis, los poquísimos metros vacantes de Buenos Aires tienen mil veces más chances de ser privatizados y cubrirse de cemento, edificios o paseos comerciales antes que de convertirse en parques o plazas. Por eso el hecho de que esta administración tome el camino inverso constituye todo un hito.

En el caso de Santa Rita los planetas, la militancia barrial y la coyuntura se alinearon para que un terreno privado se expropie y la zona tenga próximamente –la fecha no está aún definida– su primera, única y pequeña, pero a la vez tan anhelada plaza. De esa trama de más de una década que hizo realidad el viejo sueño –y que incluyó repetidos intentos, rosca, expedientes, incontables reuniones de vecinos, cafés con funcionarios, lectura de documentos, campañas de difusión, bicicleteadas, chats sempiternos, marchas, contramarchas, redacción de proyectos y variados aprendizajes– intenta dar cuenta esta nota.


Los de Granville y el primer chispazo

La foto más típica de Villa Santa Rita es la del pasaje Granville, que guarda las particularidades de ser peatonal, “ajardinado” y muy pintoresco. Otra cosa llamativa de ese pasaje es que la mayoría de sus vecinos se conocen y aprendieron a trabajar como colectivo. Hace por lo menos 15 años que vienen rebelándose contra la construcción de torres en la zona. Incluso lograron, allá por 2013, que la Legislatura aprobara la ley 4.738 de “Vías de Ancho reducido” para limitar la altura de los edificios aledaños. Fueron también ellos quienes, ante el anuncio de construcción de dos torres de diez pisos (sobre el mismo terreno de Jonte en el que ahora se va a convertir en plaza), salieron a la calle para organizar el recordado “velorio del pasaje”, porque aseguraban que, con semejante mole al lado, la estrecha vía directamente se moría.

Fue esa protesta (que se prolongó por años) la que permitió echar el ojo al codiciado lote de Jonte en el que alguna vez habían funcionado canchas de paddle, un lavadero de autos y un estacionamiento y sobre el que, de tanto en tanto, volvía a sobrevolar la amenaza de levantar imponentes torres. La forma más inteligente de protegerlo era unir los dos reclamos: pelear para que el espacio quedara libre de edificios… transformándose en plaza. Fernando Sánchez, exlegislador de la Coalición Cívica, presentó en 2011 un proyecto en esa línea. Pero la Legislatura nunca lo trató. Y por eso terminó a los dos años perdiendo estado parlamentario.


Segundo intento en plena pandemia

Carolina Maccione, comunera de la 11 por Vamos Juntos, incluyó entre sus promesas de campaña de 2019 que trabajaría por “Una plaza para Villa Santa Rita”. Y al año siguiente, ya electa, redactó efectivamente un proyecto para expropiar el mismo terreno sobre Jonte. El texto fue votado por unanimidad por los siete integrantes de la Junta Comunal y presentado a la Legislatura en noviembre de 2020. Aunque el expediente jamás registró movimientos.

Cabe, en este punto, aclarar algo: si bien la palabra “expropiación” suele generar suspicacias, se trata de un proceso establecido por la ley 238, que deja en claro que un terreno puede expropiarse para la satisfacción de un bien común. Pero no es que esos inmuebles “se quitan” sin más a sus dueños: para eso no solo debe mediar una ley, sino que el valor del terreno se paga de acuerdo a una tasación que hace el Banco Ciudad.

“Además de hacer pan de masa madre y practicar yoga en el baño, la pandemia nos permitió llevar adelante un par de otras cosas”, recuerda Matías Lockhart, vecino del barrio, acerca del año del inicio de la pandemia: 2020. El consejo consultivo de la 11 todavía no funcionaba. Pero ante la angustiante falta de plazas cercanas –vale recordar que hubo un momento en el que solo se podía circular a 500 metros del domicilio– vecinos de Santa Rita y Mitre empezaron a juntarse por zoom para volver a militar su plaza. Crearon en Facebook un grupo que se llamó “Vecinos Unidos” y enviaron a funcionarios de la Ciudad una extensa carta en la que solicitaban dar “curso urgente” al proyecto de Maccione.

Cuando corría ya 2021 ese grupo inicial se consolidó y se dio un nuevo nombre: “Una plaza para Villa Santa Rita”. Una vecina diseñó un logo, otra armó el inevitable grupito de whatsapp. Y decidieron que se mantendrían vecinales y apartidarios, porque la idea era conversar con todos y todas. Los vecinos arrancaron entonces a articular con otros comuneros y legisladores, y organizaciones barriales, y a juntar firmas, y a organizar eventos de visibilización: por caso una bicicleteada, una tarde para las niñeces, la pintura de un mural, talleres de canto. Cada difusión implicaba un trabajo titánico. Porque tampoco es raro que, en estos tiempos de vidas atomizadas, algo suceda a dos cuadras de nuestra casa y ni siquiera nos demos por enterados.

Así y todo, comenzaron a tejerse redes. “Aunque no hubo avances concretos, lo que logramos durante ese tiempo fue visibilizar el reclamo –dice Guillermina Bruschi, otra de las vecinas que durante los últimos años se abocó de lleno a trabajar en el proyecto–. De hecho, cuando al año siguiente iniciamos el recorrido legislativo, muchos nos decían que tenían perfectamente claro que Santa Rita era el único barrio de Buenos Aires sin plaza”.

Maccione jamás se acercó a conversar con nadie, tampoco participaba de los eventos. Fue en marzo de 2022, durante una reunión con organizaciones, que Jonatan Baldiviezo, fundador del Observatorio del Derecho a la Ciudad, les dijo a los de “Una plaza…” que solo faltaban dos semanas para que el proyecto, que seguía durmiendo en la Legislatura, perdiera estado parlamentario. “¿Pero cómo –le respondieron–, si fue presentado en noviembre de 2020? Todavía tenemos algunos meses”.  “No –les explicó el abogado–. Se cuentan los años calendario: es igual que si hubiera entrado en marzo”. Quería decir, entonces, que presentar un proyecto en noviembre implicaba un total despropósito.

Los vecinos se enojaron, insultaron, se desalentaron, se sintieron estafados. No podían entender que la Junta Comunal no manejara ese dato y los dejara ilusionarse con un proyecto que nunca se concretaría. Comprendieron, de todas formas, que no era el momento de bajar los brazos. Si la cosa se ponía difícil, si la Legislatura les daba la espalda, si se encontraban bastante solos, lo que había que hacer era pensar, debatir, elaborar y redactar para finalmente presentar ante las autoridades el proyecto de ya no una, sino cuatro plazas para Santa Rita.



Los cuatro terrenos y el recorrido legislativo

“Tenemos que redactar un proyecto nosotros”, fue la conclusión tras el revés. Alguien con experiencia apareció para ayudarlos: la gente del colectivo que desde hace años viene oponiéndose a la construcción de un parque lineal sobre Honorio Pueyrredón.

También había sucedido que en el transcurso de 2021, aunque el proyecto de Maccione seguía vigente, los comuneros del Frente de Todos Gastón Fernández y Victoria Pugliese se dedicaron a hacer relevamiento de otros terrenos que, además del de Jonte, podrían estar disponibles para la plaza. Y estos eran, en total, cinco: uno en Emilio Lamarca y San Blas; otro en Concordia y el pasaje Toay; otro más en Nazca y Beláustegui; un cuarto en el predio del ex hospital Israelita y por último, el de Jonte. Se consiguieron los certificados de dominio. Y a partir de entonces la batalla comenzó a replantearse.

“Si 2021 fue el año en el que nos dedicamos a la difusión y los eventos, 2022 estuvo enfocado en dos aspectos: uno, el logro de una masa crítica mayor; y dos, el recorrido legislativo”, reflexiona Lockhart. “Observamos que en el barrio ya no quedaba un terreno para tener una plaza ‘tradicional’ de toda una manzana. Entonces nos preguntamos: ¿por qué no armar un proyecto vecinal e integral desde el punto de vista ambiental, social, educativo y de salud, un proyecto que pensara a los cuatro lotes como un conjunto?”, agrega Bruschi.

Al predio del hospital Israelita lo dejaron afuera: les pareció que el edificio podría recuperarse para una secundaria pública en la zona –otra gran falta en el barrio–, o la mudanza del apretado Cesac 34 de la calle Artigas. Los otros cuatro lotes totalizaban en conjunto 4.900 metros cuadrados, menos de media manzana. “Es poco considerando la superficie –reconocen los vecinos– pero ganábamos en accesibilidad, porque hay lugares desde donde seguís teniendo que caminar diez cuadras para llegar a una plaza. La gente mayor ni siquiera va, y con chicos chiquitos medio que, al volver, llegás arrastrándolos”.

“Antes de que termine esta gestión, Villa Santa Rita tendrá su plaza”, dejó caer en medio de una “reunión de cercanía” nada menos que Felipe Miguel, el poderoso jefe de gabinete porteño. Los vecinos se miraron y se dijeron: “Es ahora”. Se asesoraron sobre el formato y el lenguaje requeridos y pusieron manos a la obra al nuevo proyecto, que sin decir nada presentaron por mesa de entrada en la Legislatura. Para tomar estado parlamentario debía “levantarlo” algún diputado, cosa que enseguida hizo Lucía Cámpora, legisladora del Frente de Todos y desde marzo pasado también secretaria general de la agrupación juvenil “La Cámpora”.

La hora del “poroteo”

“No importa de qué proyecto se trate: en la Legislatura oficialismo y oposición juegan a Tom y Jerry: lo que levanta uno, no lo vota el otro. Y a pesar de que les decíamos: ‘ojo que esto es transversal, todos estamos de acuerdo en que Santa Rita necesita una plaza’”, ni remotamente Vamos Juntos iba a votar un proyecto que llevara la firma del Frente de Todos”, analiza Lockhart.

Los vecinos se afanaron a la tarea de contactar personalmente legislador por legislador. Al principio lo hicieron a partir de los correos y teléfonos que aparecen en la web de la Legislatura. Nadie les respondía, y fueron luego encontrando otros canales en lo que prácticamente se convirtió en un trabajo de investigación. Uno de los pocos que respondió ese primer correo fue Gabriel Solano. “Yo les firmo, claro que les firmo. Pero, ¿a ustedes les sirve que yo les firme?”, les preguntó, pragmático, el legislador del Frente de Izquierda y los Trabajadores. Ellos (los vecinos) decidieron que sí, que valía confiar en la potencia de la idea y seguir “poroteando” uno a uno los apoyos. El nuevo proyecto requería de 40 votos como mínimo. Aparte de los cuatro lotes en vez de uno, incluía también el cambio de esos terrenos a la categoría “Urbanización Parque”, que implica que se conviertan en plazas únicamente y no puedan destinarse a ningún otro fin.  El texto ingresado consiguió, de entre los 60 legisladores que componen el recinto, un total de 6 firmas: las de Lucía Cámpora, Javier Andrade y Magdalena Tiesso (del Frente de Todos); y Gabriel Solano, Alejandrina Barry y Amanda Martín, del Frente de Izquierda y los Trabajadores.

Nicolás Manieri, el jefe comunal de la 11, tardó un largo tiempo en atender a los vecinos de Santa Rita, a pesar de sus numerosos intentos. Pero cuando finalmente lo hizo les consiguió una reunión con María Sol Méndez, legisladora de Vamos Juntos. Luego los propios vecinos lograron tejer otro encuentro con el diputado del mismo bloque Marcelo Gouman. Él –que no firmó el proyecto– les adelantó, sin embargo: “Déjenme hablar con el Ejecutivo”. “Nosotros lo habíamos presentado por mesa de entradas en junio de 2022 –recuerda Bruschi–. Y esa reunión fue en septiembre. No conocemos el entretelón, pero desde entonces algo se modificó. El proyecto nuestro, levantado por Lucía Cámpora, seguía sin tratarse en comisión. Y esa palabra de Gouman fue algo así como la semilla”.

El “núcleo duro” de los vecinos militantes no tenía para entonces más de diez integrantes: diez personas comunes y corrientes que además de sus respectivas tareas laborales, de cuidado, autocuidado, logísticas, educativas y deportivas debieron de encontrar el tiempo para leer, estudiar, juntarse, conversar, armar de cero un proyecto y tener luego que encarar una suerte de marca personal sobre más de 80 funcionarios de las comunas, de la Legislatura y del Ejecutivo porteño. “Fue como hacer un máster”, confiesa uno de los vecinos. “Como tener otro laburo”, le responde otra.

“Veníamos con toda esa efervescencia de las reuniones hasta que, de pronto, recibo un mensaje de Guille: ‘mirá esto’, decía y me mandaba un link”, rememora Lockhart. Era el 22 de diciembre de 2022, la Argentina acababa de consagrarse campeona del fútbol mundial y el Ejecutivo porteño anunciaba la presentación de un proyecto de ley que proponía la expropiación del lote de Jonte  para convertirlo en una plaza. El texto aparecía estampado con las firmas de Horacio Rodríguez Larreta y Felipe Miguel.

Fue una verdadera bomba. “Igual pasábamos de la euforia a la desconfianza en cuestión de segundos. Por momentos parecía un déjà vu: otra vez presentando un proyecto a fin de año. Pero a pesar de eso, y de que el proyecto no era el nuestro, –incluía una sola plaza en lugar de cuatro, y sin el cambio de status a Urbanización Parque– estábamos contentos, porque por primera vez teníamos la sensación de que íbamos a lograrlo. Habíamos conseguido el apoyo del Frente de Todos, luego de los legisladores de izquierda, y ahora del oficialismo. ¿Quién no lo iba a aprobar?”, recuerdan los vecinos. Y rematan: “A pesar de que muchos quisieron llevarse los honores, y de que tuvimos que escuchar que legisladores que jamás nos habían atendido se jactaran de ser los promotores de la plaza, nosotros lo vivimos como una victoria vecinal”.

La lucha que continúa

Así llegamos al último 23 de marzo: con la ley aprobada por unanimidad. Solo falta ahora que se implemente –aún no hay novedades de la expropiación– y que se considere también el deseo de los vecinos de que se trate de un espacio “verde en serio”, con suelo absorbente, con la mayor cantidad posible de árboles, con pocas intervenciones de cemento, preferiblemente sin rejas y con un espacio de juegos cercano a Dantas. El colectivo que militó la ley ya elaboró un proyecto que fue apoyado por la Red Argentina del Paisaje. “No queremos que se trate solo a través de Participación Ciudadana, sino que se tenga en cuenta la opinión de expertos. Porque puede pasar que mucha gente no quiera pasto porque piensa que trae ratas, o no le gusten los árboles porque les molestan las ramas”, advierte Bruschi. “La gente no tiene por qué saber cómo se diseña una plaza”, reflexiona y destaca en ese sentido que “en la Dirección General de Antropología Urbana son macanudos, y por ahora nos escuchan”.

Pero el debate no está cerrado. Y más allá del natural desgaste, los vecinos piensan seguir de cerca la implementación del proyecto, así como el intento por lograr las cuatro plazas. “Estas luchas son siempre de largo aliento, y a veces tienen que esperar una coyuntura. En este caso esa coyuntura pudo tener que ver con que el gobierno de la Ciudad apuesta a que Devoto se convierta en el nuevo ‘barrio cool’ que ‘derrame’ hacia Villa del Parque, Villa Santa Rita y Villa Mitre”, analizan y citan como referencia la extensa entrevista que el secretario de Desarrollo Urbano Álvaro García Resta brindó al diario La Nación y que tanto enojó a organizaciones de la ciudad, ya que el funcionario enmarcó muchos de sus reclamos con el rótulo de “populismo urbano”. “De todas formas –sostiene Bruschi– nuestro trabajo vecinal resultó clave, porque sin él lo mismo se hubiese ‘transformado’ Devoto y nosotros seguíamos sin plaza. Mi aprendizaje personal es que, más allá de las frustraciones, no hay que perder de vista el objetivo. Y el hecho de que pudimos encontrar la forma de sentarnos a hablar, y ellos la de escucharnos”. 

Por lo pronto el último lunes 15 de mayo se sentaron por primera vez en una misma mesa la gente de Antropología Urbana, todos los comuneros (menos Maccione), gente del staff de la Comuna, un coordinador del Consejo Consultivo, tres expertas de la Red Argentina del Paisaje y el colectivo “Una plaza para Santa Rita”. El objetivo: iniciar un proceso para diseñar en conjunto la plaza y seguir de cerca las políticas “verdes” para el barrio. “Pedimos que, además de Participación Ciudadana, las decisiones puedan anclarse en otras cuestiones, como las recomendaciones de organismos internacionales y saberes técnicos. Porque si ese espacio no se diseña bien, entonces va a seguir siendo un barrio sin plaza”, considera Bruschi. “También –añade– solicitamos que frente al cambio de gestión se mantenga el compromiso y no tengamos que empezar todo desde cero”.

 “Las frustraciones son muchas, pero no hay que bajar los brazos –finaliza Lockhart–. Si no salía, no salía. Así y todo esto es parte del recorrido de mi vida y de lo que les dejo a mis hijos. Ahora esta plaza va a ser para nosotros, para los que vendrán y para los que antes la pelearon. Porque la única posibilidad de esperanza es colectiva. Los reclamos de ‘mi árbol’, ‘mi vereda’, ‘mi basura’ se quedan en una mirada muy chiquita. Entre nosotros podemos tener, y de hecho tenemos, ideas diferentes. Pero si en algo pensamos parecido es en la forma de crear comunidad”.

El relato surge a partir de una extensa entrevista con Guillermina Bruschi, Matías Lockhart y María Alejandra Hernández, integrantes del colectivo “Una plaza para Villa Santa Rita” en un café de Argerich y Álvarez Jonte, además de lectura de documentos y anteriores conversaciones con funcionarios.




Vista aérea de la plaza en @v.santa.rita

domingo, 12 de abril de 2026

Verena Sisa, My Brilliant Friend

En segundo año de la facultad empecé a cursar en el maravilloso turno tarde. Ahí la conocí a Verena. Una chica compacta, de hombros redondos y sencilla en su forma de vestir, algo no tan habitual en esa universidad. Era dueña de una voz firme y una sonrisa entradora y ancha.

Pero lo que hacía tan especial a Verena es que era inteligentísima. Se supone que hay diferentes tipos de inteligencias. Están, por ejemplo, esas mentes que son geniales hablando, expertas en nombrar con suma precisión, y a veces incluso con gracia, cosas que otros apenas intuyen, como si ostentaran una “inteligencia-bailarina” a la que no podés dejar de mirar. Está también la gente que se hace preguntas que nadie más se hace y entonces desarma todas las certezas, se banca las contradicciones y te abre puertas a cuestionamientos que ni siquiera sabías que existían: una “inteligencia-masaje” de esos que duelen y a la vez liberan.

Verena no encajaba en ninguno de esos perfiles, porque Verena era una máquina. Verla en acción era un espectáculo: ella sencillamente entendía todo, enseguida y sin esfuerzo aparente. Escuchaba y asimilaba; leía y sabía. Parecía triturar la información, impulsada por el humo de sus Parliament. No daba rodeos, no floreaba, jamás canchereaba, no lo necesitaba.

Nos hicimos amigas. Si la mejor de la clase hubiese sido otra chica, quizás le hubiese competido. O la hubiera odiado. Pero no a Verena. Verena era generosa y además graciosísima, ocurrente y vital. Venía de Bariloche y vivía sola con una de sus hermanas en un departamento por el centro. Por más que lo intento no puedo recordar sobre qué calle quedaba, pero sí una anécdota que sucedió ahí. Estábamos estudiando y compartiendo algún panificado. Cuando terminamos de comer yo limpié la mesa con mi mano para despejarla de las migas, que cayeron al piso. Para qué. Me soltó un discursito de que cómo se notaba que todavía vivía con mis padres, que ella se ocupaba en persona de barrer y que para limpiar las migas bastaba con hacer con una mano una bandejita y acompañarlas con la otra hasta ahí. Y después, por supuesto, levantarse y dirigirse hasta la basura. Nos estuvimos riendo de ese reto durante mucho tiempo. Y nunca más –ni en su casa, ni en ningún otro lado– volví a tirar las migas al piso.

La universidad privada, admitámoslo, se siente a veces como un secundario recargado. Al grupo de segundo año de la tarde (para esto hay que trasladarse a 1997) le encantaba pasar por bromista. Sucedían cosas como que si alguien entraba al aula –porque llegaba tarde, o porque venía a avisar algo– la mayoría de los presentes empezaba inexplicablemente a chistar. O esta otra: como a la tarde la facultad era un páramo, porque la gran mayoría cursaba a la mañana, en los recreos se improvisaban sesiones de ópera, con arias famosas en las que el chiste consistía en cambiar la letra por algunos de nuestros nombres repetidos una y otra vez, en especial el de un compañero con “La Donna E Mobile” u “'O sole mío” con “Vereeeeeeeeena Siiiisa”. A veces, incluso, estos tenores osaban usar para sus funciones los micrófonos de la facultad.

En tercer año cursábamos la materia Cine, en la que se filmaban los cortos. Todos teníamos que escribir un guion, luego la cátedra elegía cerca de una docena para que los produjéramos y rodáramos divididos en equipos. Mi película quedó seleccionada. Yo estaba feliz. Un poco porque mi historia hubiera gustado, pero también por haber tenido la infinita fortuna de que en mi grupo estuviera Verena. No podía existir una productora mejor. Consiguió una estudiante de la FUC para que nos asistiera con la iluminación, se cargó al hombro el alquiler de equipos, manejó con prolijidad y pericia la administración de unos fondos más bien escasos. Nos recuerdo a las dos juntas armando pebetes de jamón y queso para el crew antes de un rodaje que terminó prolongándose toda la noche. También a bordo de su auto, un Twingo verde oscuro que otro compañero bautizó como “el pepino” y con el que pudimos movernos por la ciudad entre locaciones.

Al tiempo que terminamos la facultad, Verena se fue a vivir a Estados Unidos. Fuimos de a poco perdiendo el contacto, aunque de tanto en tanto recibía alguna noticia de que, como era natural, construía allá un carrerón. Después llegaron las redes y entonces pude ver fotos de su casamiento y de su hijito precioso. Cierta vez, en pandemia, publiqué un posteo en Facebook sobre la alegría de que a mi nene le gustara dibujar. Me escribió por privado y me dijo: “quisiera mandarte algo para su arte”. Me pidió la dirección y a las pocas semanas nos llegó una valijita divina, con una gama eterna de marcadores, lápices, crayones. Después nos invitó un día a una clase virtual de dibujo (que era en inglés, pero ella iba traduciendo en simultáneo) y en la que recreamos una estampa muy famosa que se llama “La gran ola de Kanagawa”.

Fue también por las redes que me enteré de que se había enfermado. Seguí sus mejoras y recaídas y en silencio le mandé fuerzas. Nunca más volvimos a vernos. Y el miércoles pasado, otra excompañera me llamó para contarme que Verena Sisa había muerto. De ahí en más me la pasé toda la semana tratando de recordar, de regresar con la mente a ese tiempo de estudiantes, de evocar su brillantez y el sonido de su voz. Una de estas noches me quedé revolviendo fotos viejas pretendiendo inútilmente encontrar alguna con ella.

Llevo días intentando volver a encontrarte, Vere. Y estoy triste porque no estás más; por tu hijo hermoso al que no conocí; por todos esos relatos tuyos entre hospitales, y esas fotos en las que salías con el pelo cortito, siempre radiante y demostrando de qué madera estabas hecha. También porque tengo miedo, miedo no tanto del paso del tiempo como de que las cosas se vayan borrando, igual que esa escena demoledora de Intensamente en la que el elefante Bing Bong se desvanece mientras Alegría pedalea y canta “quién es ese amigo ideal”.

Hasta siempre, querida crack. Ojalá queden en este mundo muchos resquicios y corazones en los que todavía estés presente con tu voz y tu sonrisota y tu inteligencia prodigiosa. Te prometo que lo que todavía no se ha esfumado me lo voy a quedar bien guardado, aquí adentro y para siempre.



lunes, 29 de diciembre de 2025

Cosas Raras: The Ultimate Playlist

Hoy no voy a ser para nada modesta: esta es la mejor playlist de Stranger Things de la historia. ¿Por qué? Porque tiene una selección de canciones que además de pasearte por las más entrañables escenas de la serie del momento te permite jugar a adivinarlas y luego recordarlas, o simplemente ponerla de fondo porque te hiperjuro que absolutamente todos son temazos. Acá vas a encontrar la playlist en Spotify; abajo tenés la descripción del instante preciso en el que cada canción suena y te dejo, por las dudas, un par de aclaraciones:

1) El texto que sigue está repleto de spoilers. 2) No son TODOS los temas que suenan en la serie (apenas una exquisita selección). 3) En solo dos casos me permití incluir versiones en vivo para variar las originales, un poco gastadas.

Ahora sí: dale play. A jugar. A rockear. Y a dejarse llevar. 

Should I Stay Or Should I Go

The Clash, 1981

Abre la lista este clásico del punk rock, una canción acerca de la indecisión en las relaciones amorosas que atraviesa la serie reconvertida en himno sobre la comunicación familiar. Hay un hermano mayor (Jonathan Byers) que cuida y sube la música al palo; y hay un chico (Will Byers) que resiste atrapado y lucha: en el Upside Down primero, y en una identidad en la que no termina de encontrarse después.

Psycho Killer

Talking Heads, 1977

El tema, puro Byrne en el rol de un outsider perturbado, te perfora el cerebro a fuerza de un ritmo insistente que navega entre su melodía new wave y extrañas líneas en francés. Psycho Killer suena en el segundo episodio de la cuarta temporada de Stranger Things, justo cuando Jason Carver (el rubio “muñeco” capitán del equipo de básquet) se autoconvence de que Eddie mató a su novia Chrissy y alienta a sus amigos de cazarlo al grito de "Then let's hunt some freak!".

Running Up That Hill

Kate Bush, 1985

Nunca van a alcanzar los aplausos para quien haya tenido la lucidez de poner a sonar en Stranger Things esta canción, que gracias a la serie logró trepar en las listas de éxitos en mundo… ¡a 37 años de su lanzamiento! En el que probablemente quedará grabado como uno de los momentos más emocionantes de la cuarta temporada, “la Colo” Max Mayfield se eleva por sobre la tumba de Billy al tiempo que corre hacia la luz para salvar su vida en El Otro Lado, todo en tanto la voz de Kate Bush se escucha por todo lo alto convertida en puente hacia su salvación.

Pass The Dutchie

Musical Youth, 1982

Lento, juguetón y ardiente: así es este tema que interpreta el grupo jamaiquino británico Musical Youth y que, si bien simula una inocente petición de comida, (“pasa la olla”), en la comunidad fumona global se comprende perfectamente como la voz para hacer circular el porro. En la temporada 4 suena cuando el simpático Argyle maneja su van en California, y vuelve luego a escucharse en ese mismo contexto para transmitir la vibra divertida y relajada del personaje.

Dream a Little Dream of Me

Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, 1950

Una clásica (y muy tierna) canción de amor cuya primera versión data de la época la Gran Depresión estadounidense. Se escucha en varios momentos de la cuarta temporada para recrear las circunstancias en las que Victor Creel consigue escapar de las manipulaciones del Upside Down y, por encima todo ese espanto de huesos rotos y ojos que lloran sangre, escuchamos este tema acerca del afecto, la conexión y los sueños.

Master Of Puppets

Metallica, 1986

Un riff inicial capaz de atraer a los oídos más ajenos al metal, y un desarrollo que va ganando complejidad hasta alcanzar uno de los temas más logrados del cuarteto californiano. ¿Qué decir de la inclusión de Master of Puppets en la serie? Todo sucede en el episodio final de la cuarta temporada: el siempre excesivo, magnético y teatral Eddie Munson se sube a un trailer destartalado portando su viola y ahí nomás, frente a la mirada embelesada de Dustin Henderson, consigue que todo el Upside Down (pajarracos incluidos) truene al ritmo del más puro metal. “Esto es por ti, Chrissy”, dedica Eddie la canción a la chica muerta justo antes de arrancar a tocar. “Dude, eso fue lo más metalero de la historia”, lo abraza al borde del llanto Dustin cuando culmina una perfo total y condenadamente épica.

I Was a Teenage Werewolf

The Cramps, 1980

Esta canción (que retrata metafóricamente las dificultades y la confusión de la adolescencia a través de la imagen de… ¡un hombre lobo!) no podría resultar más propicia para ambientar el momento en el que Eddie Munson aparece por primera vez en la serie, insuflando en la cafetería de la Secundaria Hawkins una cucharada de su frescura, desparpajo y autenticidad freaky. 

Detroit Rock City

Kiss, 1976

Kiss fue, durante años, el “demonio cultural” perfecto para el mundo conservador, una banda que además lucir un maquillaje tan exótico supuestamente conectaba con el satanismo. La escena de la serie en la que suena este tema (durante el primer episodio de la cuarta temporada) no podría ser más épica: Eddie y los chicos juegan Calabozos y Dragones mientras Lucas disputa junto a los Tigres el final del campeonato escolar de básquet. El montaje paralelo equipara esos planetas en apariencia tan diversos (lo freak y marginal vs el deporte y la popularidad) en tanto Detroit Rock City exuda su exceso glam-metal y pulsión adolescente. 

Never Ending Story

Limahl, 1984

Si La historia sin fin fue esa película que logró meternos de cabeza en un mundo de total y absoluta fantasía, la inclusión de su tema principal para un episodio cargado de sangre, muerte y destrucción opera igual que una bocanada de aire fresco y humor, casi un guiño al vilipendiado género musical. Esta canción pop con arreglos electrónicos suena en el episodio final de la tercera temporada para demostrar no solamente que la enigmática Suzie existe más allá de la imaginación de su “Dustybun”, sino que además los sueños sí pueden volverse realidad. A medida que avance la cuarta temporada, esas primeras líneas (“Turn around, look at what you seeeee eeeee”) se tornarán un latiguillo para mofarse de Dustin (una anécdota de la que se burla… hasta Will).

Africa

Toto, 1982

Un jam ochentero que parece haber estado siempre ahí, como si fuese la banda sonora de la vida. No por nada el superhit del grupo californiano suena siete de cada diez veces que sintonizamos una radio de los ochenta. Africa se escucha en el primer episodio de la primera temporada de Stranger Things, justo cuando el todavía partidazo de Steve Harrington ayuda a estudiar química a la todavía princesa de Nancy Wheeler.

Time After Time

Cyndi Lauper, 1983

Estamos en el snow ball que cierra la segunda temporada: Lucas se pone torpe invitando a bailar a Max (pero ella igual acepta); una piba lo saca a bailar a Will (llamándolo cariñosamente “chico zombi”, y él acepta); Dustin cayó al evento con un peinado polémico y rebota con una tal Stacy (aunque después se reivindica nada menos que con… ¡la Nancy!) en una escena que es pura hormona adolescente, y todo mientras Cyndi Lauper canta una de las mejores baladas de los ochenta, precisamente esta canción sobre la lealtad incondicional, el apoyo incólume y el amor duradero titulada Time After Time.

Every Breath You Take

The Police, 1983

Otra vez el snow ball y una escena que, más allá del consabido “momento bonito”, funciona como recuerdo dorado y hasta refugio mental frente al trauma. El amor adolescente, la promesa de normalidad y el respiro después del horror se cruzan en ese salón decorado con guirnaldas, todo en tanto Mike y Eleven se besan, Max y Lucas se besan, Dustin sigue tan contento bailando con la Nancy y Sting entona su ochentosa balada de vigilancia obse y control freak. Todavía falta que pasen un montón de cosas. Y cada vez que la serie se ponga más oscura, más terrorífica, más violenta, entonces el recuerdo del baile de invierno volverá a latir una y otra vez.

Never Surrender

Corey Hart, 1985

Acto uno. Estamos en el capítulo inicial de la tercera temporada y Never Surrender explota en el pasacasete amarillo de Eleven mientras ella y Mike no pueden parar de besarse. En eso, Mike se separa y empieza a canturrear unas líneas (“And nobody wants to know you now… And nobody wants to show you how”) mientras su chica lo calla y mira atónita (la canción aparentemente no le copa demasiado) y Hopper va poniéndose cada vez más nervioso entretanto relojea la escena desde su sillón.

Can’t Fight This Feeling

REO Speedwagon, 1984

Acto dos. Mike y Eleven siguen tan acaramelados en el cuarto de ella mientras suena este tema que es pura emoción. Pero esta vez Hopper deja su asiento, se acerca al cuarto, apaga el pasacasete y se dispone a darles la típica charlita aleccionadora acerca de los límites que antes había practicado junto a Joyce.

You Don't Mess Around with Jim

Jim Croce, 1972

Acto tres. Jim Hooper cree haber salido airoso de su dilema tras urdir (y ejecutar) un plan para separar a Eleven de Mike, y ahora avanza sonriente manejando por la ruta mientras suena esta canción sobre un estafador que también se llama Jim. Una bella “song story” (que ya había sonado en la temporada 2, cuando limpiando la cabaña el sheriff le ofreció a la hija su “bailecito de papá”), y el tema que por el momento cierra la subtrama dejando algo en claro: con Jim no se jode.

She’s Got You

Patsy Cline, 1962

La escena podría, tranquilamente, ser el cuarto acto en este arco narrativo. Una baladita country de esas para para bailar apretados y flotando de amor que suena en el episodio inicial de la tercera temporada, justo cuando Joyce charla con Hooper acerca del asunto Mike-Eleven y ella le rompe el corazón al negarse a ir a cenar con él (parece que todavía extraña un poco a Bob).  

Moving in Stereo

The Cars, 1978

La letra de Moving In Stereo explora la monotonía y las pequeñas variaciones de la vida cotidiana: por un lado sugiere una rutina inmutable (“Life’s the same”), aunque acepta que ciertas sutiles diferencias (“except for my shoes”) pueden volver única la existencia de cada uno. La canción suena en la tercera temporada, cuando Billy Hargrove aparece como guardavidas en la pileta comunitaria de Hawkins en una escena casi coreográfica y cargada de imaginario pop: el tiempo se ralentiza mientras el musculoso desfila frente a las mamis en general –y la señora Wheeler en particular– en un magistral ritual de observación que muestra todo lo narcisistas, lo desfasados, lo irresponsables, que pueden llegar a ser los padres en el universo Stranger Things.

Material Girl

Madonna, 1985

Ellas: todas desenvueltas y maduras. Ellos: todos aparatos y titubeantes. Así resulta a veces la división de los sexos en la adolescencia, o así, por lo menos, lo resuelve la memorable escena de la tercera temporada en la que Eleven y Max comparten un rato juntas en el shopping. Un momento en el que queda clarísimo que más allá del desamor adolescente, y de la amenaza rusa, y de todo el horror de El Otro Lado, descubrir que te hiciste una nueva amiga siempre será algo dichoso y un poco mágico (y más todavía si estás probándote ropa ochentosa mientras la reina del pop reivindica a las chicas materialistas de esta Tierra).

My Bologna

"Weird Al" Yankovic, 1979

Un chiste interno para los que tenemos un par de añitos más y detrás esa mami un poco gede que a veces puede ser Joyce entrevemos cada tanto a la brillante y cool Lelaina que exudaba juventud con My Sharona estallando la pantalla en Generación X. La canción suena en el segundo episodio de la segunda temporada cuando, obsesionada con el temita de que los imanes no se pegaban a la heladera, Joyce se decide a ir a ver al profesor de ciencias Scott Clarke, que está en su casa pintando un soldadito mientras escucha My Bologna.

Things Can Only Get Better

Howard Jones, 1985

“Pop para divertirse”: Things can only get better es una de esas canciones creadas para que el mundo se sienta bien. En Stranger Things suena en el tercer episodio de la tercera temporada cuando, ataviado con su simpático disfraz de marinero y acompañado por Dustin Henderson, el ahora buenazo de Steve Harrington se lanza a la búsqueda de rusos malos en el controvertido shopping de Hawkins.

Upside Down

Diana Ross, 1980

Movámonos ahora a la quinta temporada. Estamos en el estudio de radio y la brillante Robin Buckley se apoya en este hitazo de Diana Ross (cuyo título tiene todo que ver con la serie) para enviar un mensaje codificado al grupo. El tema vuelve a escucharse en los créditos finales para generar una atmósfera de lo más inquietante: Upside Down no promete una solución, sino que más bien se permite aceptar que la realidad está total e irremediablemente dada vuelta.

Rockin’ Robin

Michael Jackson, 1972

Una canción retro, liviana y alegre y uno de los primeros temas que Michael Jackson interpretó como solista con solo trece años. Rockin' Robin abre la quinta temporada con Steve Harrington y Robin Buckley convertidos una vez más en cumpis de trabajo, ahora en una emisora de radio. Ella, al frente del micrófono, ensaya un repaso irónico de lo acaecido desde el final de la temporada cuatro y entonces entendemos que Hawkins está herido, pero no mudo, y que la comunicación se erige como resistencia.

Mr. Sandman

The Chordettes, 1954

Mr. Sandman es una canción sobre la búsqueda del amor ideal con el típico sonido alegre de doo-wop de los 50. Se supone que el tal “Mr. Sandman” es un personaje mítico que te echa en los ojos una arena mágica para que te duermas y sueñes, aunque al final del segundo episodio de la quinta temporada la canción enlaza con un amenazante flashback hacia la casa de estilo victoriano con el vitral de la rosa en la puerta y la historia de Henry-001-MrWho-Vecna vibrando entre sus paredes.

California Dreamin

The Beach Boys, 1986

Cuentan los que lo vivieron que los 60 California fue un caleidoscopio de rebeldía, utopía, amor libre, pacifismo, drogas y muchas pero muchas flores, todo con el embriagador sonido folk rock como telón de fondo. Para quienes nunca estuvimos ahí, el clásico de The Mamas and The Papas California Dreamin puede funcionar como el DeLorean a toda una época: por eso cuadra tan bien cuando al inicio de la cuarta temporada la canción marca el pulso del montaje inicial en el que vemos en qué anduvieron Eleven y los Bayers desde su mudanza a California.

Rock You Like a Hurricane

Scorpions, 1984

“Aquí estoy, listo para arrasarte como un huracán”, suenan, potentísimos, los Scorpions. Estamos en el inicio de la segunda temporada y el estacionamiento de la escuela de Hawkins luce tranquilo hasta que un Chevrolet con patente de California irrumpe ruidoso alterándolo todo. Fumando, enfundado en pantalón y campera de jean, se baja del auto el musculoso Billy Hargrove y luego su hermana “la Colo” Max, que se aleja en su patineta sin siquiera saludarlo. Una escena a pura testosterona que funciona casi como un videoclip dentro del episodio.

You Spin Me Round (Like a Record)

Dead or Alive, 1984

Bailable, pegadiza y expansiva: una canción que habla de atracción, de vértigo y de repetición y que en segundo episodio de la cuarta temporada invita alcentro de la pista de patinaje con Eleven, Mike y Will como protagonistas de la escena.

Tarzan Boy

Baltimora, 1985

Un tema ítalo-disco de base electrónica –más bien ligero, y hasta un poco básico– cuyo estribillo usa el grito de Tarzán como línea melódica. Seguimos en la pista de patinaje, pero ahora se despertó toda la tensión entre la mala de Angela y nuestra amada Eleven, completamente devenida en blanco fácil y objeto de risa.

I Think We’re Alone Now

Tiffany, 1987

Una chica quinceañera y un himno adolescente que trepó a las cimas de los rankings en 1987 y ahí estaba, dormido, hasta que Stranger Things volvió a ponerlo en circulación. Estamos en el episodio tres de la quinta temporada y Holly Wheeler, sola en la casa de Henry, pone a sonar el casette de Tiffany que él le dejó y baila por la enorme estancia mientras hornea unos bizcochuelos, se prueba vestiditos y hurga entre los muy curiosos objetos de su raptor.

Ghostbusters

Ray Parker, 1984

El segundo episodio de la segunda temporada está casi enteramente dedicado a esa orgía de azúcar y calabazas también llamada Halloween. Es entonces cuando el inefable cuarteto de amigos se lookea como Cazafantasmas, y así ataviados van primero al cole –donde descubren que nadie más se había disfrazado– y luego a reclamar dulces por las casas de Hawkins mientras el tema de la peli (estrenada en 1984, el mismo año en el que se supone estos hechos suceden) va ganando cada vez más fuerza, igual que durante los créditos finales.

Islands in the Stream

Kenny Rogers y Dolly Parton, 1983

Él canta grave y templado, ella es dueña de una voz expresiva y cristalina: Kenny Rogers y Dolly Parton son una bomba que explota a puro amor en Islands in The Stream. La canción de los Bee Gees suena también en el episodio que sucede durante Halloween, aunque en un contexto distinto: Joyce baila con su novio Bob, quien, disfrazado de Drácula y súper enamorado, le propone dejar juntos el oscuro y siempre problemático pueblo de Hawkins (a lo que ella, naturalmente, se niega).

Girls on Film

Duran Duran, 1981

Un tema sobre la explotación del mundo de la moda que suena también en el capítulo dedicado a Halloween. Veamos: los chicos más grandes organizaron su propia joda loca en la que la Nancy se emborracha, Steve se pone pesado y Jonathan aparece calladito y, como quien no quiere la cosa, empieza a oficiar de tercero en discordia entre la parejita.

Fernando

Abba, 1976

Uno de los más grandes hits de ABBA y una canción que nos transporta a la nostálgica conversación de dos veteranos de guerra: “Había algo aquella noche, las estrellas brillaban, Fernando; brillaban para ti y para mí”. En un contexto nada que ver, el tema suena en la quinta temporada de Stranger Things en el preciso momento en el que la señora Wheeler, copita de blanco en mano, se dispone a darse un baño de burbujas que de pronto se verá interrumpido por los gritos de su pequeña hija.

The Way We Were

Barbra Streisand, 1973

Otra vez la señora Wheeler aparece lo más relajada con su novela romántica, su vino y su bañadera llena de espuma mientras sus hijes batallan contra peligros indecibles en un laboratorio lleno de monstruos. Estamos en el episodio noveno (y final) de la segunda temporada, suena este precioso tema (que ganó el Oscar a la mejor canción original de la película del mismo nombre, The Way We Were) y el musculoso Billy Hargrove toca el timbre de los Wheeler, un poco buscando su hermanita y un poco dando inicio a una irresistible tensión.


Runaway

Bon Jovi, 1983

Runaway se convirtió en el primer sencillo del álbum debut homónimo de la banda “hair metal” Bon Jovi, y en Stranger Things suena en el (ahora relevante) séptimo episodio de la segunda temporada, cuando Eleven se escapa de Hooper y su cabaña en el bosque para mandarse solita en colectivo a Chicago en búsqueda de su hermana perdida.

When It’s Cold I’d Like to Die

Moby, 1995

Una balada inquietante, una letra que habla de agotamiento emocional, definitivamente un tema de muerte: así podría describirse esta canción que atraviesa varios momentos clave de Stranger Things. Suena en la temporada uno (cuando Will casi se pierde, pero Hooper lo salva a la par recuerda la partida de su hijita Sara); y en la temporada 4 (cuando Eddie muere en El Otro Lado y Max casi muere, o directamente muere, pero Eleven al final la salva).

Heroes

Peter Gabriel, 2010

La que probablemente es la canción más famosa de David Bowie suena en Stranger Things en la versión de Peter Gabriel en momentos de particularísima tensión y emoción: en el tercer episodio de latemporada uno (cuando la policía de Hawkins cree haber encontrado el cuerpo sin vida de Will en el lago, y sus amigos espían el operativo completamente shockeados); y en el final de latemporada 3, cuando Eleven lee la charlita sobre los límites que le había escrito Hooper y, creyendo que él está muerto, se prepara para viajar junto a los Byers hacia la soleada California.

Who Wants to Live Forever

Queen, 1986

El tema que marcó la banda sonora original de la película Highlander suena promisoriamente en el trailer oficial de la quinta (¿y última?) temporada de Stranger Things, empujando hasta el límite el compilado de momentos épicos y dramáticos que, se supone, estarán dominando el final de la serie este 31 de diciembre.

jueves, 11 de abril de 2013

¿Por qué le dirán brutalismo?

Surgida del Movimiento Moderno, esta singular corriente arquitectónica dejó huellas monumentales en todo el mundo y también en Buenos Aires.

Buenos Aires es dueña de un patrimonio arquitectónico riquísimo que a veces, sin embargo, puede resultar desconcertante. El inagotable catálogo de fuentes de inspiración, sumado a nuestra propensión a relaborar los distintos estilos, dieron lugar a un perfil urbano que hoy no estaría mal calificar de "ecléctico". Es cierto que hay cientos de edificios que por sus formas, líneas y volúmenes llaman la atención, pero tampoco son tantos aquellos capaces de causar un impacto tan hondo, tan dramático, como el que hasta hoy siguen generando la Biblioteca Nacional y el ex Banco de Londres.

Tampoco es casual que ambas construcciones se inscriban en lo que se conoce como la corriente “brutalista”, un estilo que surgió del Movimiento Moderno y vivió su esplendor entre las décadas de 1950 y 1970, inspirándose más que nada en el trabajo de Le Corbusier y Mies van der Rohe. Las formas geométricas angulosas, las texturas rugosas y la honestidad constructiva caracterizaron esta tendencia que en la Argentina tuvo su principal referente en la figura de Clorindo Testa.

Esta denominación tiene su origen en el término francés “béton brût” (hormigón crudo), y fue el crítico británico Reyner Banham quien, en un artículo escrito en 1955 para la revista Architectural Review, se ocupó de precisar el concepto -que ya circulaba- designándolo ahora como “el nuevo brutalismo”. El propio Testa, no obstante, reniega del término. “No quiero decir que sea incorrecto –nos dijo en su momento- pero apenas se trata de una catalogación, jamás me molesté en averiguar qué es el brutalismo. En la Argentina siempre se trabajó muy bien el hormigón, ya desde la década del ’20, así que había conocimiento y experiencia en el tema. Si alguien quiere decir que la Biblioteca Nacional es un edificio brutalista, a mí no me importa. Y estoy seguro de que a Francisco Bullrich tampoco le hubiera importado. Que lo llamen como quieran”.

En la misma línea pareciera ir María Teresa Valcarce Labrador, profesora de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, cuando señala en un ensayo de la publicación Cuaderno de Notas que el Nuevo Brutalismo, a diferencia de otros “ismos”, “fue un movimiento, o si se prefiere una 'actitud ante la arquitectura', que no tuvo un manifiesto, un documento fundacional, ni siquiera una declaración de intenciones inicial. De hecho, los primeros años de su andadura se podrían caracterizar por la vaguedad, tanto en lo referente a sus planteamientos como a los protagonistas y sus manifestaciones”. De todas formas, la docente va luego hilvanando allí las características enunciadas por Banham, entre las que sobresalen la legibilidad formal de la planta, la clara exhibición de la estructura y la valoración de los materiales por sus cualidades inherentes.

Entre otras expresiones del brutalismo se puede mencionar el conjunto de Park Hill en Sheffield, Gran Bretaña (construido entre 1957 y 1961); el instituto Marchiondi, de Milán, levantado en 1959,  y el Seagram Building de Nueva York, que data de 1958. Por otro lado, la impronta brutalista porteña no se agota en los edificios de Testa, sino que se advierte también en otros rincones de la ciudad. La Torre Dorrego, terminada en 1972 y proyectada por los arquitectos Luis Caffarini, Alfredo Joselevich y Alberto Ricur para viviendas de personal de la Fuerza Aérea, es un edificio de veras monumental, de hormigón a la vista con elementos de cierre metálico, lo que permite clasificarlo dentro de esta corriente.

¿Por qué no continuó habiendo edificios en esa línea? Según Clorindo Testa, simplemente sucede que “las cosas cambian”. “El edificio de 1750 es distinto al de 1800. Y el de 1800 es distinto al de 1900. Todo va cambiando, aunque nada impide que en algún momento puedan retomarse viejas ideas”, aseguró el arquitecto.

Si es cierto que la arquitectura se vuelve significativa a la hora de describir una cultura, el brutalismo no sólo ayudó a revitalizar el debate sobre las construcciones de posguerra, sino que además trajo un aire de esperanza a los principios que supieron cimentar la arquitectura moderna.

Afortunadamente, los resultados aún están a la vista.