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sábado, 16 de junio de 2012

Bebo, luego escribo

Un recorrido por los bares del mundo que homenajean la figura del escritor estadounidense Ernest Hemingway.

Con Hemingway pasa algo curioso. Si bien nadie duda de su talento (no por nada ganó el Nobel en 1954, y es autor, además, de clásicos como El viejo y el mar y París era una fiesta), también es cierto que no se trata de un escritor unánimemente aclamado o especialmente querido. Tanto es así, que casi es más conocido por su alocada vida que por su prosa sencilla pero potente.

No es para menos: dicen que fue uno de esos tipos duros que en la vida quisieron hacerlo TODO, desde convertirse en chofer de ambulancias para poder ir a la guerra hasta ponerse a practicar box, cacería y pesca de tiburones; desde recorrer alegremente el mundo en busca de aventuras hasta apretar con el pie el gatillo de un rifle que se había embutido en la boca (porque así fue como él mismo terminó todo un domingo de julio de 1962). Las malas lenguas dicen que era borracho, gritón, mujeriego y temerario, un ser bastante fanfarrón y encima, defensor de toreros. Y las lenguas buenas no es que nieguen lo anterior, aunque también reconocen que cuando se ponía, Ernest escribía como un maldito genio.

El caso es que, con controversia y todo, hay desparramada por el mundo una interesante cantidad de bares que explotan su figura sacando a relucir sus chapas de “aquí bebía Hemingway”. De hecho deben llevar su nombre más bares que bibliotecas. Por eso lo que sigue es un viaje tras sus huellas, un recorrido por ese circuito de santuarios etílicos dedicados al viejo Papa.

En el último trago nos vamos
Un ejemplo típico es el bar del Ritz de París, que antes se llamaba “Petit Bar” pero hoy directamente se conoce como “Bar Hemingway”. Fue elegido el mejor del mundo por Forbes y es casi un templo temático dedicado al escritor: ahí venden los whiskies que le gustaban y hay imágenes suyas en todas las paredes. A esa barra iba a beber cada noche, tras lo cual su esposa -la cuarta de ellas, la periodista Mary Welsh- terminaba siempre retándolo porque llegaba borracho. Así que cierta vez Hemingway le pidió al barman: “prepáreme algo que no me deje aliento a alcohol”. El barman mezcló entonces en un vaso jugo de tomate y vodka. “Bravo –le dijo el Nobel al otro día- La maldita Mary (bloody mary) no sintió nada”. Dicen que así fue bautizado el mejor trago contra la resaca. Y si no es cierto, seguro merece serlo.

Hemingway vivió en Cuba unos 20 años, y La Habana lo recuerda en lugares como el hotel Ambos Mundos (que conserva intacta la habitación del quinto piso donde habría escrito una gran parte de Por quién doblan las campanas) y los bares La bodeguita del medio y Floridita, donde hasta hoy se sirven, respectivamente, los mojitos y los daiquiris que el novelista siempre pedía. El primero es un lugar pequeño y entre sus paredes cubiertas de mensajes escritos se amontonan cientos de turistas, aunque la verdad es que tampoco tiene demasiado encanto. El segundo es un bar corriente donde los daiquiris terminan costando un ojo de la cara.  

Cuentan que Hemingway tenía amigos por todos lados, pero que especialmente había hecho muchos en España, país que adoraba. Y como no podía ser de otra forma en la ciudad que asegura tener “más bares por metro cuadrado que ninguna otra en Europa”, también Madrid fue escenario de borracheras épicas. En los ’50 se rodeaba de botellas de whisky y libros durante sus viajes, y solía parar en la Cervecería Alemana, la Casa Botín o el Museo Chicote. Y cuando en 1937 el novelista viajó a España como corresponsal de la Guerra Civil, escribía sus crónicas desde la cafetería del Hotel Tryp Gran Vía, que también terminó bautizando al bar con su apellido. De todas formas el hito más irónico de todos probablemente se esconda en el Arco de Cuchilleros (junto a la Plaza Mayor), donde en la puerta del local El Cuchi un cartel proclamaba: “Hemingway nunca estuvo aquí”.

A Pamplona el escritor llegó por primera vez en 1923, y luego la eligió como el escenario para Fiesta. Tan fascinado quedó con las corridas de toros que volvió a la ciudad ocho veces más, durante las cuales frecuentaba lugares como el bar Txoko y el café Iruña. Pero si hay un sitio que ha explotado turísticamente la presencia de Hemingway ése es Key West (en Florida, Estados Unidos), donde el escritor vivió entre 1931 y 1940. Ahí se puede visitar su casa y el Sloppy Joe, gran imán de turistas. También están el Harry’s Bar de Venecia (que incluso menciona en Al otro lado del río y entre los árboles), cierto resort alpino ubicado en la pequeña localidad austríaca de Schruns (donde hasta le levantaron un monumento) y el Costello’s de Nueva York, un bar de esos frecuentados por periodistas en el que, cuentan, Hemingway se peleó feo con John O’Hara.

Hay en la lista muchos lugares más. Al fin y al cabo, escritura y alcohol han recorrido un largo camino juntos, y Hemingway pelearía mano a mano con Bukowski el título del bebedor más eminente de la literatura moderna (tercero podría entrar Malcom Lowry). Pero más allá de la terrible fama, del ícono pop turístico e incluso de sus obras, Ernest dejó también excelentes tips para los aspirantes a escritores, como aquello  de descubrir  los objetos con “ojos recién estrenados” o aquella idea de narrar "yendo directo al grano”. No por nada en un poema (que justamente se titula Hemingway, ebrio antes del mediodía) Bukowski se refiere al novelista como “un hombre que era muy bueno con la palabra”. Merecido elogio, y se sabe que los borrachos no mienten. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Otra mirada sobre las mansiones de Buenos Aires

Testigos del lujo de otros tiempos, unas 37 mansiones siguen dando cuenta en nuestras calles de la “Belle Epoque” porteña.

Entre las tantas curiosidades arquitectónicas de Buenos Aires hay una que la distingue como única en todo el hemisferio: sus mansiones. No hay otra ciudad en el continente en la que subsistan -colosales, voluptuosas, “afrancesadas”- tantas casonas como las que hace un siglo presagiaban en estas latitudes un futuro que no fue. 

Basta mirarlas con un poco de atención para entender lo descomunal de su tamaño (hay que tener en cuenta que la mayoría eran viviendas unifamiliares) y quizás preguntarse, no sin algo de recelo, cómo fue posible que semejantes palacetes pudieran alguna vez aterrizar en estos pagos. Y lo cierto es que la mayoría fueron construidas a principios del siglo pasado, una época en la que, con vaivenes y todo, la Argentina vivió una bonanza económica que permitió a su enriquecida clase agroganadera levantar y decorar estas residencias. Y qué camino estético iban a seguir, sino el del país que por entonces representaba la panacea cultural, la idea misma de la belleza: Francia.

“Entonces era preciso mostrar una ciudad moderna, pujante, progresista”, señala Horacio Salas en 1910: La Argentina en su hora más gloriosa, un libro en el que el historiador describe algunos de los hitos más relevantes del país a lo largo de todo ese año. “Una ciudad que tuviera derecho a la clasificación que ya estaba en el aire: la París de Sudamérica”. Según explica Salas, el ideal de recrear la ciudad de la luz venía cocinándose desde la Generación del ’80 en las altas esferas sociales, que pretendían copiar a la aristocracia europea “en sus hábitos, sus gustos y hasta en su lenguaje”.

Ese esfuerzo imitativo alcanzó en estas mansiones su punto máximo, tanto que para los proyectos se impuso la “importación” de arquitectos franceses (que en la mayoría de los casos ni siquiera viajaban, sino que sólo enviaban los planos), a la par que se dilapidaban verdaderas fortunas en materiales (mármoles de Carrara, robles de Eslavonia, molduras doradas, arañas de cristal), y eso sin mencionar a las riquísimas colecciones de arte y antigüedades, que a más caras más capaces de iluminar a sus dueños con el irresistible haz del ascenso social. “En 1910 ya no bastaba ser rico –remata Salas-, sino que también había que demostrarlo”.

En su guía Buenos Aires y Alrededores, Diego Bigongiari considera que “ninguno de estos palacios es fruto del trabajo o el talento, sino de la herencia y la renta de las inmensas estancias productores de carne de fines del siglo XIX y principios del XX, complementadas con los alquileres de las casonas de San Telmo (transformadas por entonces en conventillos) y todos los posibles negocios y negociados derivados de una red casi familiar de contactos e influencias en la élite gobernante”.

Embriagada en su obsesión de parecerse a París, la alcurnia porteña se cerraba en sí misma sin sospechar el triste futuro que le esperaba: luego del crack del ’29 ni siquiera los más ricos pudieron mantener esas tremendas residencias que una a una fueron vendiéndose para convertirse en embajadas, museos y dependencias estatales. “Sobran los dedos de una mano para contar las mansiones que siguen siendo de propiedad familiar a principios del siglo XXI”, apunta Bigongiari. 

“El título del libro tiene un guiño”, confiesa Salas, una alusión al tercer tomo de las memorias de Winston Churchill, que se llama justamente "Su hora más gloriosa". Allí el británico trata el momento de máxima extensión del nazismo, que entonces había ocupado gran parte de Europa y un territorio enorme de la Unión Soviética. “Fue cuando la ocupación estaba más extendida que el Reich comenzó a recorrer el camino de la derrota”, explica.

Buenos Aires, como la París de Hemingway, era hace cien años una fiesta en su hora más gloriosa. Lástima que en el interior de las mansiones, y a la sombra de los inquilinatos, se trataba solamente de una fiesta para unos pocos afortunados ocasionales. 

Recorriendo la “París de Sudamérica”
No se sabe exactamente cuántas mansiones hubo en Buenos Aires, pero según datos de la Dirección de Patrimonio de la Ciudad hoy sobreviven cerca de 37 palacios que se concentran principalmente en las zonas de Recoleta y Retiro. Inspirados en modelos franceses, la mayoría adoptaron la misma organización: en el subsuelo se ubicaban las cocheras y depósitos y en la planta baja las áreas de recepción, donde cada salón iba precedido de una antecámara. El primer piso se reservaba para las habitaciones, y en las buhardillas se ubicaban las dependencias de servicio. Pero, ¿cuáles son, al fin y al cabo, estos palacios? Por mencionar sólo algunos, sigue aquí una lista de siete de ellos.

Palacio Paz
Hoy es la sede del Círculo Militar y queda frente a la plaza San Martín, en Santa Fe 750. El palacio fue construido entre 1902 y 1912 por José Camilo Paz (el fundador del diario La Prensa) y pronto se convirtió en la residencia urbana más imponente de Buenos Aires, con 12 mil metros cuadrados cubiertos, 35 dormitorios y 18 baños. Diseñada por el arquitecto francés Louis-Marie Henri Sortais, su majestuosidad era tal que Georges Clemenceau, tras visitarla, dijo que sería necesaria “por lo menos la corte de Luis XIV”  para llenarlo. Paradójicamente José C. Paz se instaló en Europa en 1900, donde falleció en 1912. Nunca pudo conocer su palacio.

Palacio Errázuriz Alvear
Hoy funciona allí el Museo de Arte Decorativo (Libertador 1902) y es uno de los pocos ejemplos de mansiones abiertas al público. El arquitecto francés René Sergent diseñó el proyecto en 1911 y la construcción se realizó durante la guerra, con lo cual se demoró hasta 1917. La casa fue residencia del diplomático vasco-chileno Matías Errázuriz Ortúzar y su esposa, Josefina de Alvear, quienes compraron durante su estadía en Francia muchas de las obras que hoy forman parte del museo. Cuando la familia regresó a Buenos Aires, inauguró la casa con una gran gala a la que asistió toda la alta sociedad. En 1935, tras la muerte de Josefina, la familia ofreció al estado la posibilidad de comprar la casa con la condición de que allí se instalara un museo.

Palacio Duhau
Sobre la Avenida Alvear (altura 1661), el Duhau se construyó en la década del 30 por el Arquitecto León Dourge para la familia Duhau, y en 2006 fue restaurado y transformado en un hotel de lujo: el Palacio Duhau-Park Hyatt Buenos Aires. La cuadra donde se levanta tiene, además, otras piezas de gran valor, como la residencia donde actualmente funciona la Nunciatura (concebida por Edouard Le Monnier) y la Residencia Duhau.

Palacio Bosch
Hoy es la residencia del embajador de Estados Unidos y queda en Libertador equina Kennedy. En 1910 Palermo era considerada una zona un poco alejada, pero Ernesto Bosch y su esposa, Elisa de Alvear, la eligieron de todas formas para edificar su casa. Bosch, que para entonces terminaba sus funciones como embajador en Francia, había sido llamado por Roque Sáenz Peña para ser en Buenos Aires su Ministro de Relaciones Exteriores. A cargo del proyecto estuvo el prestigioso arquitecto René Sergent, y no fue nada fácil llevarlo a cabo en medio de la guerra, pero así y todo los portones de la impresionante residencia se abrieron a la vida social en septiembre de 1918. Cinco años más tarde, poco antes del crash del 29, la propiedad fue vendida al gobierno de los Estados Unidos.

Palacio Pereda
Aunque desde 1944 es la residencia del embajador de Brasil (en la calle Arroyo 1130), el palacio Pereda fue construido por encargo del multimillonario ganadero Celedonio Pereda según planos del arquitecto francés Louis Martin, luego reemplazado por su colega belga Julio Dormal. El edificio, que guarda una gran semejanza con el Museo Jacquemart André de París, tiene en su interior formidables telas del pintor español José María Sert. En la plazoleta Carlos Pellegrini (hacia la cual se asoma este palacio), puede verse también la sede del Jockey Club (ex residencia Unzué Casares), como así también, sobre Cerrito, “La Mansión” del Hotel Four Seasons, que perteneció a la misma familia.

Palacio Anchorena
El Palacio Anchorena (Arenales 761) fue construido en 1905 por el arquitecto argentino-noruego Alejandro Christophersen a pedido de Mercedes Castellanos de Anchorena, una dama de gran personalidad y dueña de una de las fortunas más importantes de su época. Gran promotora de obras de caridad (a las que solía aportar fabulosas sumas de dinero), Mercedes tuvo once hijos, de los cuales sólo cinco la sobrevivieron. En 1936 el Palacio Anchorena fue adquirido por el Estado para ser sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, y pasó a llamarse entonces “Palacio San Martín”. Hoy es sede Ceremonial de la Cancillería, ya que las oficinas se han trasladado al nuevo edificio de Arenales y Esmeralda.

Palacio Ortiz Basualdo
Ubicado en Cerrito 1399 fue concebido en 1912 por el arquitecto francés Paul Pater para la familia argentina Ortiz Basualdo. Fue utilizado en 1925 como residencia oficial del príncipe de Gales, quien quedó admirado por el confort y el grandioso carácter del edificio. Desde 1939 es la sede de la embajada de Francia, a pesar de lo cual a fines de los 70 estuvo a punto de ser demolido para abrir la 9 de julio. Finalmente, y gracias a las protestas del gobierno francés y de los ciudadanos porteños, la avenida más ancha del mundo torció el rumbo para evitarlo.

domingo, 20 de mayo de 2012

La cocina de la patria

Al rescate de nuestra identidad culinaria, un recorrido por las anécdotas gastronómicas de la República Argentina.

De carne somos
Los historiadores coinciden al señalar que durante el siglo XIX el menú local no variaba demasiado entre el puchero (que se llamaba “olla podrida”), las carnes y algún que otro pescado de río. También en que el asado se impuso desde un principio como el gran plato nacional, aunque entonces no se usaban parrillas, sino que las reses se ensartaban en una estaca con forma de cruz. En el libro Los sabores de La Patria, Víctor Ego Ducrot menciona el poco esfuerzo que aquí se dedicaba la cocina, tal vez porque la abundancia es amiga de la pereza. “A veces mataban un animal para engullir sólo el matambre, la lengua o los caracúes –detalla-, y otras le sacaban el vientre o el mondongo con toda la grasa y le prendían fuego. Cuando estaba bien encendido, lo metían dentro de la vaca despanzurrada hasta que el animal se asase desde sus entrañas”. Lo que se dice un manjar.

La grasa de las capitales
La primera invasión inglesa, en 1806, logró en estas tierras lo que hasta entonces parecía imposible: una alianza de hecho entre distintos sectores –criollos, españoles, comerciantes, clérigos y militares- que se unieron para expulsar a los invasores. Sin embargo, vaya uno a saber por qué, el episodio de la reconquista termina siempre remitiendo a lo mismo: los litros de aceite arrojados por las calles del Buenos Aires colonial. Lamentamos tener que corregir desde aquí una anécdota tan cara al cuaderno escolar, pero lo cierto es que lo que cayó de los balcones no habría sido aceite sino grasa de vaca derretida, mucho más barata y fácil de conseguir. En cuanto a los nostálgicos que todavía lamentan que “hayamos echado a los ingleses”, Felipe Pigna se pregunta por qué supondrán ellos que entonces seríamos una superpotencia y no una ex colonia inglesa con la mayoría de su población en la miseria, como pasó con la India, Bangladesh, Pakistán y Tanzania.

Etimología
Parece que en el siglo XIX un soldado británico que recaló en Buenos Aires tuvo a bien pedir que le pasaran el adobo para el asado empleando un cocoliche que sonó a algo así como “che, give me that curry”. Y alguien que estaba al lado (aparentemente en tren de broma) repitió ahí nomás y en voz bien alta un clarísimo “chimichurri”. Se ve que el ingenio criollo picaba alto desde entonces.

Tu vuò fà l'americano
Los hábitos alimenticios de los argentinos comenzaron a expandirse gracias al invalorable aporte de los miles de inmigrantes que en algún rincón de sus valijas, entre esperanzas y sueños rotos, acomodaron también sus recetas. La más fuerte de estas influencias fue la italiana, que aportó al menú local un sinnúmero de platos y ritos, como la pasta del domingo o la costumbre del aperitivo. Como prueba basta mencionar que hoy somos el tercer centro consumidor global de pizza detrás de Roma y Nueva York. Foránea y todo, la pizza porteña sigue teniendo algunas notas que la hacen única, como el hecho de ser un poco más gruesa que la italiana o la posibilidad de comerla con fainá, guarnición que a los ojos extranjeros sigue resultando bastante insólita.

Un círculo vicioso
El alfajor es otro de los tantos productos importados (en este caso del mundo árabe) que supieron adaptarse al paladar local. El primer fabricante de alfajores argentinos fue el francés Augusto Chammás, quien en 1869 fundó una pequeña industria dedicada a la elaboración la entrañable golosina circular. La innovación de Chammás, justamente, fue confeccionar el alfajor con tabletas redondas, ya que las de sus “primos” árabes se sabe que eran cuadradas. El alfajor lleva 140 años de tradición nacional y la variedad que hoy se consigue en los kioscos es asombrosa: de hecho se calcula que en el país se venden por día 6 millones de unidades. Además, casi todas las provincias tienen sus alfajores autóctonos, en general elaborados por emprendimientos familiares que llegan al mercado a través de puntos de venta propios.

Chau soda
¿Cuál es la bebida más argentina? ¿el torrontés? ¿el mate? ¿la Cunnington? ¿la Hesperidina? Aunque en realidad data del imperio romano, desde aquí igual votamos por la soda, compañera de las mesas argentinas sin distinción de clase ni religión. La Plata supo cobijar una decena de soderías, y de hecho en la ciudad de las diagonales se ha creado un museo especialmente dedicado al sifón y a la soda. Luis Alberto Taube, su director, recuerda que en estos pagos surgió la figura del repartidor de soda, quien pronto se convirtió en amigo de sus clientes. “En las casas se dejaba la puerta entreabierta con el cajón de madera de seis unidades detrás, con los sifones vacíos y la plata debajo. El sodero los cambiaba, se llevaba el dinero y listo”, evoca. A partir de los ‘80 esta costumbre empezó a perder efervescencia, tanto que hoy el sifón de vidrio es prácticamente una reliquia.

Historia de dos ciudades
Muchos platos porteños fueron bautizados según el nombre de los restaurantes que los vieron nacer, como es el caso de nuestras queridas milanesas a la napolitana. El hecho ocurrió en la década del ’50 en el bar Nápoli, que quedaba frente al Luna Park. Cierta vez que se le quemaron las milanesas, al dueño se le ocurrió disimularlo cubriéndolas con queso y salsa de tomate. El invento, que terminó incorporado al menú, logró lo inaudito: unir en un mismo plato a dos irreconciliables ciudades del norte y el sur de Italia.

Te presento una miga
Casi siempre relegados detrás de otros bocadillos supuestamente más patrióticos, los sándwiches de miga son tan argentinos que por lo menos desde aquí no encontramos otra ciudad en el mundo en la que los preparen, exceptuando parecidos (mas no iguales) “sándwiches de confitería” uruguayos. Disponibles en cualquier panadería con un infinito surtido de rellenos, los simples y triples han formado parte de cumpleaños, comuniones y cuanto evento que necesitara de un digno servicio de lunch. También el tostado mixto (para algunos "Carlitos") es en el país una institución.

No soy de aquí ni soy de allá
¿Qué es lo que hace a la identidad culinaria de un país? A los argentinos nos encanta adjudicarnos autorías, pero la verdad es que desde las empanadas hasta el dulce de leche registran antecedentes en otros confines. Tal vez nuestra cultura gastronómica no tenga que ver tanto con lo que aquí se haya inventado, sino con lo que usualmente comemos, así se trate de platos nativos o de especialidades de afuera recreadas según la idiosincrasia local. Después de todo, ¿por qué iba a ser más argentina la mazamorra que nuestras clásicas facturas, el choripán o el bife con ensalada? Claro que lo que hoy nos identifica no es lo mismo antes: a fin de cuentas, la historia no se acabó. La historia, todavía y siempre, se sigue escribiendo.

martes, 1 de mayo de 2012

De la olla popular al cordero patagónico

Un menú que intenta trazar una historia sobre el peronismo, un fenómeno político tan curioso como argentino.

La definición: una ensalada
Con 67 años atravesando la historia argentina, la caracterización del peronismo sigue siendo para los cientistas sociales todo un desafío. Y no es para menos tampoco. Después de todo ¿cómo se hace para definir a un movimiento que, encabezado por un coronel, integró componentes de lo más heterogéneos, movilizó a las clases trabajadoras, ambicionó un profundo cambio social, se convirtió en eje de la resistencia popular al ser proscripto y, manteniendo su potencial electoral, cruzó el cambio de siglo con una ubicación que en el espectro político resulta bastante ambigua? 

Así y todo, en el origen del peronismo hay un acontecimiento al que tanto partidarios como adversarios adjudican por igual un papel decisivo: el 17 de octubre de 1945. Ese día, una movilización popular logró rescatar a Perón de la cárcel a la que lo habían confinado sus propios camaradas del ejército animados por los empresarios y la iglesia. Una vez liberado, el líder retomó el control de la empresa política que cuatro meses más tarde lo catapultó a la presidencia del país. Desde entonces y hasta nuestros días, el peronismo habría de ejercer una gravitación clave sobre la política argentina.


Los antecedentes: un cambio social al calor de las ollas populares
A lo largo de la década del ’30 una serie de cambios comenzó a transformar silenciosamente la fisonomía social de la Argentina. La crisis del ’29 mostró el agotamiento del modelo agroexportador y, dada la dificultad para importar, muchos productos de consumo comenzaron a producirse en el país. Este proceso, combinado con la crisis en el campo, trajo a la capital una enorme cantidad de campesinos que desde las fábricas dieron visibilidad a un nuevo sujeto social. En el plano político, la oligarquía había retomado el poder del Estado con el golpe de Uriburu, que en 1930 inauguró un período de sucesivos gobiernos conservadores conocido como “la década infame”.

“El huracán de la crisis ha arrasado con los mitos de la Gran Argentina y el rostro siniestro de la condición semicolonial asoma en todas partes”, describe la época Norberto Galasso. Y sigue: “Los desocupados de ropas raídas hacen cola en la olla popular, los rufianes controlan la calle Corrientes mientras sus pupilas levantan clientes a $2. La tuberculosis muerde los pulmones de los argentinos mal alimentados y hacinados en las villas. Las calles de la gran Capital del Sud se inundan de pordioseros y vendedores ambulantes de los más increíbles objetos”. En todo caso, había una cantidad de motivos como para pensar que, a mediados de 1943, algo tenía que pasar...

El golpe de gracia: el azúcar no endulza
En febrero del 43 al entonces presidente Ramón Castillo se le ocurrió imponer el nombre de Robustiano Patrón Costas como candidato a sucederlo en el sillón de Rivadavia. Patrón Costas, dueño del ingenio salteño San Martín del Tabacal, estaba asociado en la opinión pública con la explotación de los trabajadores azucareros, pero además era un conocido partidario del fraude y un abierto defensor de la causa aliada.

La decisión presidencial no pudo resultar más fallida, ya que hizo coincidir el rechazo tanto de la corporación militar -que de algún modo era partidaria de la “regeneración de las prácticas políticas”- como de los sectores nacionalistas, que ante todo pretendían la neutralidad. El desenlace era inminente: el 4 de junio de 1943, el gobierno de Ramón Castillo fue derrocado sin ofrecer resistencia.

El primer peronismo y los asados de parquet
Lo que sigue es historia conocida: como uno de los oficiales del GOU, Perón asumió la Secretaría de Trabajo y Previsión para impulsar desde allí la organización sindical y una legislación que establecía importantes conquistas sociales, con lo que supo captar la lealtad hasta entonces vacante del nuevo sujeto social. Luego, tras el 17 octubre, el líder arrasó en las elecciones de 1946 con el 56 por ciento de los votos. 

Durante el período conocido como “primer peronismo”, el Estado controló el comercio exterior (apropiándose de una parte de las renta de las exportaciones agropecuarias), estatizó el Banco Central y los depósitos bancarios y creó el Banco Industrial, orientado al crédito y a la producción. Se nacionalizaron los servicios públicos en manos de empresas extranjeras, se implantó el sistema jubilatorio y se extendió la cobertura pública de salud, educación y viviendas, todo frente a la mirada espantada de quienes pretendían para el país una sociedad de cuño aristocrático. La figura del “cabecita negra” se volvió patente como nunca antes, integrando una serie de términos tan despectivos como “aluvión zoológico” para referirse a los “grasas”, incapaces de recibir una vivienda decente porque –según muchos repetían- “usaban los pisos de madera para hacer asados”.

Evita cocinera: para el pueblo, la humilde papa
“Por iniciativa e inspiración de Evita, el gobierno de la provincia de Buenos Aires puso en escena una campaña propagandística sobre las virtudes y posibilidades de la solanum tuberosum esculentum, más conocida como la papa”, cuenta Víctor Ego Ducrot en el libro Los sabores de la patria. “Evita tomó la decisión un año antes de su muerte –explica- en medio de las políticas distribucionistas a favor de los pobres. Como ella se decía fiel a los “grasitas”, también se ocupó de sus mesas y, coherente con su propio origen plebeyo, recurrió al más plebeyo de los alimentos de los últimos cinco siglos”. El folleto, que llevó escueto título “La Papa”, incluía recetas como las papas a la balcarceña, las papas panaderas y el célebre pastel de papas, hasta hoy conocido como el plato preferido del General.  

“¡Deben sé lo gorila, deben sé!” (bananas para todos)
En su monumental Peronismo, filosofía política de una persistencia argentina, José Pablo Feinmann explica (vía Hegel) que “el ser y la nada son intercambiables”. “Cuando algo es el todo es la nada, porque las cosas se definen por aquello que las diferencia de otras”, y por eso el antiperonismo es una obstinación argentina que, dice: “alimenta al peronismo tanto (y a veces más) como él se alimenta a sí mismo”.

Fue en 1955 que, a partir de una expresión usada en el programa radial La Revista Dislocada, los sectores antiperonistas comenzaron a calificarse de "gorilas". El término había adquirido popularidad en un espectáculo de la calle Corrientes, en uno de cuyos sketches un científico alcoholizado lideraba una expedición en busca de un cementerio de gorilas. Así, cada vez que escuchaba un ruido, el investigador repetía: "deben ser los gorilas, deben ser". La frase terminó volviéndose tan famosa que hasta dio lugar a una canción (“Deben ser los gorilas”), y luego la gente comenzó a hacerla propia repitiéndola como el refrán de moda frente a cualquier cosa que sucedía. Cuando sobrevino la “Revolución Libertadora”, al ingenio popular le quedó picando el mote de “gorilas” que los golpistas –se comenta- aceptaron en un principio más que gustosos.

La resistencia, entre las hamburguesas y el caldo de cultivo
Llegaron los años ’60 y con ellos las modas globales que, como las hamburguesas, arribaban a estas pampas desde los centros de poder. Al mismo tiempo comenzaba en el país un ciclo de inestabilidad política en el que se fueron alternando regímenes de facto con gobiernos siempre jaqueados por la presión militar. Las políticas económicas, mientras tanto, se centraron en la atracción de inversiones de capital extranjero y la integración al sistema financiero internacional. 

Perón, exiliado en Paraguay y el Caribe primero y en España después, se convirtió en árbitro de la política del país disponiendo del voto de las masas peronistas que seguían reconociendo su conducción. El recurso permanente a la proscripción, el estado de sitio y los golpes militares deslegitimaron un sistema para el cual el peronismo, según John William Cooke, era “el hecho maldito del país burgués”. 

La agitación gremial y universitaria alentó las nuevas tendencias del peronismo revolucionario, aquella “juventud maravillosa” que años más tarde fue torturada en 340 centros de detención. Perón volvió, Ezeiza fue un tiroteo, el General alcanzó la presidencia y el 1 de mayo de 1974 tuvo lugar aquella plaza en la que terminó calificando de “estúpidos” e “imberbes” a los jóvenes que lo habían acompañado. Enfermo y debilitado, el  “Viejo” murió el 1 de julio de ese año dejando en la presidencia a su viuda Isabel Martínez. “Mi único heredero es el pueblo”, fue su frase de despedida y una de las citas que tal vez exprese mejor la realidad inorgánica del movimiento que supo encabezar.

La fiesta menemista: pizza con champagne
El gobierno de Carlos Menem -que ganó las elecciones de 1989 con gran parte del apoyo del antiguo aparato- dio un giro al acoger las exigencias del neoliberalismo, poniendo fin a la concepción del peronismo como un movimiento vertebrado en la clase obrera. 

Menem privatizó las empresas de servicios públicos, el sistema jubilatorio  y hasta la empresa petrolera estatal, profundizó la apertura de la economía, recortó las conquistas obreras y mantuvo una política exterior pro estadounidense. De esa manera, aunque algunos sectores de la economía se modernizaron, el menemismo provocó una de las experiencias de pobreza, hambre y marginación social más trágicas de nuestra historia, todo en un marco de frivolidad y derroche del que la pizza con champagne se convirtió, tristemente, en uno de sus mayores símbolos.  

El cordero patagónico y después
Llegamos, por fin, hasta nuestros días. Al capital ya no lo combate nadie, y sin embargo, cuanto menos desde lo simbólico y lo discursivo, los gobiernos de los patagónicos Néstor y Cristina Kirchner lograron recuperar algunas de las banderas del movimiento que los llevó al poder. Ahora: ¿qué resultados arrojaría sobre esta administración un eventual peronómetro? Responder a esa pregunta en este espacio resulta virtualmente imposible, aunque así y todo abrimos una pequeña puerta a la reflexión al advertir que tal vez, solo tal vez, el rasgo que mejor asimile la gestión K al primer peronismo sea la identidad tan similar de sus enemigos. 

Este artículo fue publicado en la revista Playboy