En segundo año de la facultad empecé a cursar en el maravilloso turno tarde. Ahí la conocí a Verena. Una chica compacta, de hombros redondos y sencilla en su forma de vestir, algo no tan habitual en esa universidad. Era dueña de una voz firme y una sonrisa entradora y ancha.
Pero lo que hacía tan especial a Verena es que era
inteligentísima. Se supone que hay diferentes tipos de inteligencias. Están,
por ejemplo, esas mentes que son geniales hablando, expertas en nombrar con suma
precisión, y a veces incluso con gracia, cosas que otros apenas intuyen, como si
ostentaran una “inteligencia-bailarina” a la que no podés dejar de mirar. Está
también la gente que se hace preguntas que nadie más se hace y entonces desarma
todas las certezas, se banca las contradicciones y te abre puertas a cuestionamientos
que ni siquiera sabías que existían: una “inteligencia-masaje” de esos que
duelen y a la vez liberan.
Verena no encajaba en ninguno de esos perfiles, porque
Verena era una máquina. Verla en acción era un espectáculo: ella sencillamente
entendía todo, enseguida y sin esfuerzo aparente. Escuchaba y asimilaba; leía y
sabía. Parecía triturar la información, impulsada por el humo de sus Parliament.
No daba rodeos, no floreaba, jamás canchereaba, no lo necesitaba.
Nos hicimos amigas. Si la mejor de la clase hubiese sido
otra chica, quizás le hubiese competido. O la hubiera odiado. Pero no a Verena.
Verena era generosa y además graciosísima, ocurrente y vital. Venía de
Bariloche y vivía sola con una de sus hermanas en un departamento por el centro.
Por más que lo intento no puedo recordar sobre qué calle quedaba, pero sí una
anécdota que sucedió ahí. Estábamos estudiando y compartiendo algún panificado. Cuando terminamos de comer yo limpié la mesa con mi mano para despejarla de las
migas, que cayeron al piso. Para qué. Me soltó un discursito de que cómo se
notaba que todavía vivía con mis padres, que ella se ocupaba en persona de
barrer y que para limpiar las migas bastaba con hacer con una mano una
bandejita y acompañarlas con la otra hasta ahí. Y después, por supuesto,
levantarse y dirigirse hasta la basura. Nos estuvimos riendo de ese reto
durante mucho tiempo. Y nunca más –ni en su casa, ni en ningún otro lado– volví
a tirar las migas al piso.
La universidad privada, admitámoslo, se siente a veces como
un secundario recargado. Al grupo de segundo año de la tarde (para esto hay que
trasladarse a 1997) le encantaba pasar por bromista. Sucedían cosas como que si
alguien entraba al aula –porque llegaba tarde, o porque venía a avisar algo– la
mayoría de los presentes empezaba inexplicablemente a chistar. O esta otra: como
a la tarde la facultad era un páramo, porque la gran mayoría cursaba a la
mañana, en los recreos se improvisaban sesiones de ópera, con arias famosas en
las que el chiste consistía en cambiar la letra por algunos de nuestros nombres
repetidos una y otra vez, en especial el de un compañero con “La Donna E Mobile”
u “'O sole mío” con “Vereeeeeeeeena Siiiisa”. A veces, incluso, estos tenores osaban
usar para sus funciones los micrófonos de la facultad.
En tercer año cursábamos la materia Cine, en la que se
filmaban los cortos. Todos teníamos que escribir un guion, luego la cátedra
elegía cerca de una docena para que los produjéramos y rodáramos divididos en
equipos. Mi película quedó seleccionada. Yo estaba feliz. Un poco porque mi
historia hubiera gustado, pero también por haber tenido la infinita fortuna de
que en mi grupo estuviera Verena. No podía existir una productora mejor.
Consiguió una estudiante de la FUC para que nos asistiera con la iluminación,
se cargó al hombro el alquiler de equipos, manejó con prolijidad y pericia la
administración de unos fondos más bien escasos. Nos recuerdo a las dos juntas armando
pebetes de jamón y queso para el crew antes de un rodaje que terminó
prolongándose toda la noche. También a bordo de su auto, un Twingo verde oscuro
que otro compañero bautizó como “el pepino” y con el que pudimos movernos por
la ciudad entre locaciones.
Al tiempo que terminamos la facultad, Verena se fue a vivir
a Estados Unidos. Fuimos de a poco perdiendo el contacto, aunque de tanto en
tanto recibía alguna noticia de que, como era natural, construía allá un
carrerón. Después llegaron las redes y entonces pude ver fotos de su casamiento
y de su hijito precioso. Cierta vez, en pandemia, publiqué un posteo en Facebook
sobre la alegría de que a mi nene le gustara dibujar. Me escribió por privado y
me dijo: “quisiera mandarte algo para su arte”. Me pidió la dirección y a las
pocas semanas nos llegó una valijita divina, con una gama eterna de marcadores,
lápices, crayones. Después nos invitó un día a una clase virtual de dibujo (que
era en inglés, pero ella iba traduciendo en simultáneo) y en la que recreamos
una estampa muy famosa que se llama “La gran ola de Kanagawa”.
Fue también por las redes que me enteré de que se había
enfermado. Seguí sus mejoras y recaídas y en silencio le mandé fuerzas. Nunca
más volvimos a vernos. Y el miércoles pasado, otra excompañera me llamó para
contarme que Verena Sisa había muerto. De ahí en más me la pasé toda la
semana tratando de recordar, de regresar con la mente a ese tiempo de
estudiantes, de evocar su brillantez y el sonido de su voz. Una de estas noches
me quedé revolviendo fotos viejas pretendiendo inútilmente encontrar alguna con
ella.
Llevo días intentando volver a encontrarte, Vere. Y estoy
triste porque no estás más; por tu hijo hermoso al que no conocí; por todos
esos relatos tuyos entre hospitales, y esas fotos en las que salías con el pelo
cortito, siempre radiante y demostrando de qué madera estabas hecha. También
porque tengo miedo, miedo no tanto del paso del tiempo como de que las cosas se
vayan borrando, igual que esa escena demoledora de Intensamente en la
que el elefante Bing Bong se desvanece mientras Alegría pedalea y canta “quién
es ese amigo ideal”.
Hasta siempre, querida crack. Ojalá queden en este mundo
muchos resquicios y corazones en los que todavía estés presente con tu voz y tu
sonrisota y tu inteligencia prodigiosa. Te prometo que lo que todavía no se ha esfumado
me lo voy a quedar bien guardado, aquí adentro y para siempre.

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